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martes, 28 de noviembre de 2017

Donde casi no brilla el sol






Alan Stern es director de la misión New Horizons (Nuevos horizontes), la cual tras un viaje de nueve años sobrevoló, en julio de 2015, el hasta entonces inexplorado Plutón. Ahora Stern y su equipo se preparan para el siguiente objetivo, la visita en enero de 2019, por primera vez en la historia de la exploración espacial, a un objeto del Cinturón de Kuiper.








Daniel Veloso


NUEVE LARGOS AÑOS debió viajar la sonda espacial New Horizons para alcanzar Plutón. Sin embargo durante ese tiempo el científico planetario Alan Stern estuvo muy ocupado como para preocuparse de la espera: “las misiones previas a la New Horizons, como las Voyager (viajero), tenían un equipo de cuatrocientas cincuenta personas, en cambio la nuestra sólo tenía cincuenta; por eso estuvimos muy ocupados durante el trayecto y por lo tanto el tiempo pasó rápido”. De igual manera comentó entre risas que “en lo personal fue una larga espera”.
Cuando se anunció en 2006, año de su lanzamiento, que la sonda iba a llegar en 2015, muchos pensaron que al ser tan largo el viaje podrían surgir varios problemas para la misión, por ejemplo en la comunicación con la Tierra, como le ha ocurrido a varias naves no tripuladas que se han perdido porque no han podido orientar correctamente sus antenas. Stern explicó que el temor a perder el contacto con la nave siempre existió, “pero había otras cosas que temíamos más que eso, como por ejemplo que explotara el cohete durante el despegue, que nos equivocáramos en la trayectoria, que sufriera desperfectos, que no alcanzara el combustible o que alguien importante para el proyecto muriera; porque eran diez años por delante”, dijo enfático.
El Plutón que reveló la New Horizons fue una sorpresa tanto para el público como para el equipo de la nave. El nuevo mundo que fotografió la sonda espacial fue tan inesperado como el que encontraron los navegantes del siglo XVI. Alan Stern contó que tenían varios indicios “de que Plutón iba a ser científicamente fantástico, pero fue mucho más de lo que esperábamos ya que encontramos uno de los cuerpos más complejos y activos del sistema solar”. 





En las fotografías de excelente resolución que tomó la sonda se puede ver que la superficie de Plutón en algunas regiones está teñida de rojo, mientras que en otras es de un blanco brillante. Stern explicó la diferencia de colores: “el material rojo está compuesto por moléculas orgánicas cuyo nombre técnico es ‘tholin’ y es debido a la radiación solar actuando sobre los hielos de la superficie. Es como si tomara tinta roja y la mezclarla en un balde de nieve, entonces, toda la nieve se vuelve roja con sólo un poco de tinta”, agregó. En cambio señaló, las superficies brillantes son de hielo, porque mientras si por un lado en el interior de Plutón el principal componente es roca, “en la superficie es hielo de agua, que cubre todo planeta como un témpano gigante”.





Para saber cuál de esos terrenos es más antiguo, el ingeniero de la NASA explicó que se puede estimar la edad de estos contando el número de cráteres. “La técnica es la siguiente: si uno sale fuera cuando llueve con un papel y lo sostiene bajo la lluvia, cuanto más tiempo lo exponga más gotas dejarán marcas. Entonces, los cráteres son como los puntos que deja la lluvia, por lo tanto, comparando diferentes regiones de Plutón se puede saber la edad de cada una”. El resultado es un rango muy variado de edades que tiene la superficie: “hay algunos lugares que son tan antiguos como el planeta, con cuatro mil millones de años, completamente cubiertos de cráteres, mientras que hay otros que no los tienen, por lo tanto son muy nuevos, con el uno por ciento de la edad del sistema solar”. Aunque suene extraño eso significa que la superficie brillante del planeta enano se formó hace cuarenta y cinco millones de años, apenas un poco más de un día en el calendario cósmico.







UNA REGIÓN INEXPLORADA. Luego del encuentro con Plutón la NASA ha extendido la misión permitiendo al equipo de la New Horizons explorar la región del cinturón de Kuiper. Alan Stern explicó que a partir de ahora la nueva misión de la sonda tiene varios objetivos además del más importante, que es el sobrevuelo (flyby) del 1º de enero de 2019 sobre el objeto transneptuniano 2014 MU69. “Pero en el camino a ese objetivo estamos muy ocupados explorando otros objetos del cinturón de Kuiper y estudiando el ambiente de esa región, como ser la radiación, los gases y el polvo”. Contó que además la misión está usando un telescopio que lleva la nave “para observar otros objetos mientras pasamos cerca de ellos y en total examinaremos veinticinco objetos para compararlos con el que vamos a sobrevolar”.






El objeto, que aún no tiene un nombre “es muy pequeño comparado con  Plutón, con sólo cincuenta km de diámetro, pero se cree que se formó allí y siempre ha permanecido en ese lugar, en un ambiente extremadamente frío”. Stern describe al cinturón de Kuiper “como una suerte de morgue, que ha mantenido el cuerpo en su estado original”. Ese aspecto le interesa porque “será como ver en el interior de Plutón”. La información que proporcionará la New Horizons permitirá al equipo de la misión conocer la composición, la geología “y ver si tiene anillos o alguna luna alrededor”. Como nunca se ha visto un objeto del cinturón de Kuiper, “puede ser muy sorprendente lo que encontremos”. Por ejemplo, no se sabe la forma que tendrá el objeto, que probablemente tenga la forma irregular de un asteroide. “Tal vez sea como una papa, o como dos papas, porque objetos con forma de hueso de perro son muy frecuentes en el sistema solar”, aclaró. De lo que está seguro es que no será un cuerpo esférico como la Tierra o Plutón; “es demasiado pequeño”.



Caronte, la mayor luna de Plutón.



NAVES BARATAS E INTELIGENTES. Después de un viaje de más de nueve años para llegar a Plutón, la pregunta que surge es cuánto combustible le queda a la sonda para realizar sus maniobras. Alan Stern se siente confiado de que alcanzará para cumplir con todos los objetivos: “en 2006 empezamos la misión con 78 Kg. de combustible y dejamos Plutón atrás con el tanque por la mitad. Ahora nos queda un tercio y después del próximo sobrevuelo esperamos contar con un quince por ciento del combustible. Pero eso será suficiente para continuar operando científicamente durante veinte años”, dijo con optimismo.
Será importante la cantidad de combustible que reste luego del encuentro con 2014 MU69, porque de él dependerá que la New Horizons continúe estudiando el Cinturón de Kuiper. Región que ya fue cruzada por las Voyager, pero que en sí no fueron exploradas por estas sondas, aclaró el científico. Stern lo explicó así: “las Voyager no exploraron el cinturón de Kuiper porque cuando pasaron por él este todavía no había sido descubierto”. Reconoció que estas sondas “hicieron descubrimientos muy importantes en los planetas gigantes pero no en el cinturón de Kuiper, pero al igual que las Voyager la New Horizons va a seguir explorando muy lejos”.






Recordó que el proyecto de las Voyager contaba con un equipo de científicos e ingenieros muy grande además de que “era muy caro, con cinco veces el presupuesto de la New Horizons”. También eran muy diferentes en tamaño ambas naves: “la Voyager llenaría casi completamente un salón de clases de una universidad, mientras que la New Horizons es apenas mayor que una mesa”.
A Stern le gusta comparar ambos proyectos para dejar claro las ventajas de los nuevos exploradores del espacio profundo. Por ejemplo, utilizó la analogía de que en la década de los setentas, en que se construyó y envió al espacio a las Voyager, “una computadora llenaba una habitación y era muy cara, al igual que la Voyager. Hoy las computadoras son muy pequeñas y muy baratas, igual que la New Horizons”. Explicó que eso se debe al “avance de la tecnología”, que ha hecho que “cualquier celular es más poderoso que una computadora de los años setentas y con mucha mayor capacidad; del mismo modo la sonda New Horizons tiene mucha mayor capacidad que la Voyager y con un costo mucho menor”. Así como ocurrió con las computadoras, también ha sido el avance de las naves espaciales, agregó.
Aun habiendo cumplido uno de sus sueños, Alan Stern sigue involucrado en varias misiones de la NASA, así como también en proyectos del ámbito privado como Virgin Galactic y con una compañía de la que es cofundador, llamada World View, “que lleva en globos tanto a personas como a experimentos científicos hasta las capas altas de la atmósfera”.





En lo que respecta a la exploración del sistema solar, reflexionó sobre que es casi seguro de que “algún día encontremos vida en varios lugares del sistema solar; por ejemplo ahora estamos encontrando muchos lugares que tienen océanos por debajo de la superficie, incluyendo Plutón”.
Confesó que le encantaría enviar una nueva sonda a Plutón, e incluso a otros planetas enanos: “se podrían mandar muchas misiones New Horizons a otros cuerpos del cinturón de Kuiper, ya que con el avance de la tecnología se podrían hacer misiones más baratas y sondas más pequeñas. Pero antes me gustaría mucho volver a Plutón y dejar una nave en órbita”.
Por último se le preguntó qué lecturas le inspiraron en su carrera como ingeniero aeroespacial: “cuando era niño leí muchas novelas de ciencia ficción, pero lo que más me inspiró fue ver astronautas caminando en la Luna. Yo quería crecer y ser parte de ello”, afirmó Alan Stern.



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Luego de la entrevista, Alan Stern conversó con los jóvenes colaboradores de la ACM 2017.


El autor agradece por la traducción en simultáneo al Lic. Francisco López, del IFFC de la Facultad de Ciencias, UdelaR (que aparece de camisa roja en la fotografía).



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017


La entrevista a Alan Stern se realizó durante el congreso internacional ACM 2017 Asteroids, Comets, Meteors, que se llevó a cabo del 9 al 14 de abril de 2017 en Montevideo, Uruguay, y que contó con la presencia de los astrónomos más importantes del mundo en el estudio de los cuerpos menores del sistema solar.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017






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Gracias. (29/11/2017)


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jueves, 2 de noviembre de 2017

Crónica de un viaje a España (II)








2ª parte.


Escrito en Montevideo, el 20 de octubre de 2017
(sobre el 6 de julio de 2017)



Allí estaba, por fin, la Puerta de Alcalá. Siempre la imaginé en una avenida de Madrid, con canteros con flores amarillos y naranjas, como un imponente arco del triunfo. Pero en realidad la puerta tenía tres arcos unidos, adornados con cabezas de leones, a los que se les sumaban dos puertas más pequeñas en los extremos, sumando en total cinco vanos. La mole ocupaba el centro de una gran rotonda por donde pasaban veloces autos y taxis chirriando en el asfalto mojado.
Pasé por al lado de algunos turistas que se sacaban fotos con la puerta de fondo. Las nubes cargadas de agua habían oscurecido la tarde haciendo que se activaran los flashes de las cámaras y celulares. Me detuve en una esquina para sacarle fotografías a la puerta mientras esperaba que cambiara el semáforo para cruzar hasta el Parque del Retiro que con sus grandes árboles me invitaba a recorrerlo. Al llegar a la otra acera tuve que esperar que cambiara la luz de otro semáforo para cruzar al parque. Mientras me fijé en las enormes esculturas de yelmos y banderas, supuestos trofeos de guerra de un tal rey Carolo II, tal cual figuraba en la inscripción sobre el arco central. En números romanos aparecía la fecha 1778: se avecinaba el fin de una época para Europa y para el mundo, cuando ya se asomaba el siglo XIX en el horizonte.
Cambió la luz y comenzó un zumbido que avisaba a los no videntes que estaba el semáforo en verde. El zumbido, entrecortado, aumentaba su frecuencia a medida que se cumplía el tiempo para cruzar. Me gustaba ese sistema de los semáforos de Madrid. Con el oído uno sabía a qué altura estaba la “ventana” para cruzar. Si escuchaba que el zumbido iba como loco, con una frecuencia muy corta, metía pata y lograba cruzar justito. O de lo contrario frenarme y no cruzar. Ya no había tiempo.








Pasé debajo de unos viejos plátanos y al costado de una hilera de bicicletas de uso público y entré al parque. Atravesé los grandes portones de la entrada y caminé a lo largo de una senda con canteros con flores rosadas y rojas hasta llegar a una fuente con querubines montados en peces, que lo más probable, por sus picos, fueran representaciones de delfines.











Un poco más allá llegué a un lago artificial de agua verde. En la orilla opuesta, había otro colosal grupo escultórico con un aristócrata a caballo que dominaba el parque desde la altura. Al borde del lago artificial, sobre la baranda, esperaban las palomas las migas que le pudieran arrojar los turistas. Lo más probable es que en el agua, los patos, muchos con sus crías, estuvieran esperando lo mismo.









De pronto hacia el este apareció un rayo que se ramificó sobre las copas de los árboles y casi sin aviso empezó a llover. Abrí mi nuevo paraguas chino y me refugié bajo uno de los árboles al otro lado del camino. Los turistas y vecinos que frecuentaban el parque salieron huyendo hacia la salida. Otros se lo tomaron con más tranquilidad, como los que habían salido a correr. Al poco rato el chaparrón era un hecho y el arbolito no conseguía protegerme mucho. La tela del paraguas, saturada, dejaba pasar un hilo de agua que bajaba por la varilla y me mojaba la mano. Los últimos corredores pasaron a mi lado empapados hasta la médula. Hasta que quedé completamente solo en ese lugar, frente al lago.











Los rayos seguían, ahora por detrás del tipo encaramado a su caballo de bronce y me dije entonces que un parque no era buen lugar para estar durante una tormenta eléctrica. Además era tanta el agua que caía que se formaban pequeños arroyitos entre la graba empapándome los zapatos. Así que caminé bajo la lluvia hasta la salida. Saludé a los delfines de la fuente, avancé por el sendero con flores y salí del parque. Lástima, apenas lo había recorrido. Aproveché que estaba la luz verde y desandé el camino, pero no crucé a la vereda del pub, sino que seguí por la que venía, esquivando los charcos.






Más adelante había unos andamios con techo de madera, por una obra de construcción que se estaba haciendo en el Palacio de Comunicaciones, el edificio que está frente a la Cibeles, sobre el Paseo de la Castellana. Y allí me quedé con unas veinte personas que habían encontrado ese providencial refugio. Los que tenían paraguas no los cerraban, ya que las gotas caían entre los tablones del techo. Mientras, el temporal descargó su furia. El viento empujaba la lluvia casi horizontal pegando de frente a los vehículos que subían por la calle de Alcalá. 





Frente a mí, un torrente corría pegado al cordón de la vereda. Sabía que toda esa agua se juntaría alrededor de la rotonda donde estaba la Cibeles, así que habría que esperar que drenara un poco por las bocas de tormentas antes de intentar cruzar la avenida. Algunas personas que se guarnecían bajo los andamios, no quisieron esperar más y se tiraron a cruzar, dando saltos y levantando agua con cada paso. Por mi parte trataría de no empaparme los championes. En un par de horas tendría la cena con el astrobiólogo Ricardo Amils y su esposa, así que debía mantener el calzado lo menos mojado posible. Pero no pude esperar más y atravesé la larga galería de andamios hasta la avenida. Todavía llovía fuerte pero lo peor había pasado. Cuando la luz del semáforo cambió, me apreté contra el paraguas y crucé la calle dando saltos.



Montevideo, 21 de octubre de 2017.









Dos fotos retratan ese rato que estuve atrapado por el temporal, refugiado bajo los andamios del Palacio de comunicaciones. La primera es de una mujer, que aunque está bajo el techo de tablones, no ha cerrado el paraguas, al igual que las personas que se aprietan más al fondo de la fotografía, al final del pasaje techado. La mujer mira el temporal de lluvia y viento, en medio del ensordecedor ruido que hacen los neumáticos de los autos en la calle empapada. Todos los refugiados de la tormenta han tenido que suspender sus objetivos. Es día laboral en Madrid y muchos de ellos son trabajadores que esperan que amaine para volver a sus oficinas y comercios. Es que para los madrileños la “bomba de agua” fue una sorpresa.






La otra es una foto accidental, en la que aparece la punta de mis zapatos marrones, mojándose con las ondas que hacía el agua al correr acera abajo. Cada tanto tenía que levantar los pies para evitar que, como una piedra en un río de corriente rápida, hiciera de dique y el agua alcanzara el cuero.
Algo similar me ocurría bajando por la céntrica Gran Vía, ya que iba acompañado por una fina película de agua que descendía por la vereda. Pero a la gente con la que me cruzaba no parecía importarle mojarse. Vi muchos rostros sonrientes, sobre todo de adolescentes y turistas, que se tomaban para la risa haber quedado totalmente ensopados.
Una cuadra más y encontré la calle San Bernardo. Reconocí la esquina por un hotel y doblé hacia el oeste. Al llegar a una esquina vi que por una calle empedrada y muy empinada caía el agua en cascada. Me detuve un momento a contemplar la corriente que bajaba por la callejuela medieval.






En la vereda de enfrente me llamó también la atención el cartel de una farmacia. Deleuze era su nombre, igual que el apellido del filósofo francés. A un lado de la farmacia, con colores chillones, rojos y verdes, había un pub nocturno. Por el umbral se adivinaba una escalera que bajaba hasta el bar. En una ventana por encima, otro cartel anunciaba una agencia de detectives privados. El deseo y sus opuestos se concentraban extrañamente en el número 39 de la calle San Bernardo.
La luz encendida de la vitrina de una tienda que vendía bollos confitados me hizo acordar que se hacía tarde y que a las nueve de la noche me tenía que encontrar con Ricardo Amils para ir a cenar.






Llegué al edificio del hostal y subí al tercer piso. Pedí la llave en la administración, bromeé con la encargada sobre que me había mojado sólo un poco y entré a la habitación. Corrí las cortinas y contemplé los techos brillantes por la lluvia del viejo palacio de Parcent. Había dejado de llover. Me saqué los zapatos y los pantalones mojados y fui hasta el baño. Por suerte había un secador de pelo, aunque este se apagaba al minuto si uno lo usaba al máximo. Igual, en menor potencia sirvió para secar de a poco el calzado.
Como era verano todavía había mucha luz pese a la hora y eso engañaba a alguien que venía del invierno, donde a las cinco de la tarde se oculta el sol.
Me di una ducha, me vestí y salí al encuentro de mi amigo. La casualidad había hecho que él viviera cerca del hostal que me había recomendado un amigo de Barcelona. Caminé por San Bernardo pasando frente a la cafetería La Concha, por la casa de sushi y por el añejo auditorio de la Complutense, iniciando la subida hasta la Glorieta de Ruíz Giménez.





Me tenía preocupado el encuentro porque yo no había contratado servicio de telefonía en España. Estaba como en las viejas épocas. De igual manera por correo electrónico habíamos establecido un punto de encuentro: a un lado de un kiosco de revistas en una de las esquinas frente a la rotonda con fuentes. Pero si Ricardo se llegaba a retrasar el desencuentro sería una realidad. Sin embargo al llegar a la esquina, allí estaba mi amigo, con su barba blanca, de lentes, vistiendo un buzo verde de lana algo estirado y un paraguas cerrado en su mano. Podía ser perfectamente la imagen del científico típico, pero mi amigo está lejos de ese estereotipo. Químico de vocación, astrobiólogo por pasión, Ricardo Amils es una de las autoridades mundiales en el estudio de los extremófilos. Estos son unos microorganismos que pueden crecer tanto en aguas termales, como en una salina, en un reactor nuclear como en un ambiente ácido como lo son las aguas del río Tinto, en el sur de España. Ricardo estudió las bacterias de ese río de Andalucía, no lejos de Huelva, por muchos años haciéndose experto en el tema. Y fue así que la Nasa solicitó su ayuda para un proyecto que diseñara experimentos que buscaran vida en Marte. La sonda que llevará esos experimentos será la ExoMars 2020 de la Agencia Espacial Europea (ESA), y tendrá una perforadora capaz de llegar a dos metros de profundidad, ya que la posible vida bacteriana, al igual que la del río Tinto, debería encontrarse en el subsuelo marciano. De todo esto me enteré cuando lo entrevisté en 2009 en Montevideo, en un congreso de astrobiología.
Al planear el viaje a España, una de las primeras cosas que pensé fue en escribirle a Amils para vernos en Madrid. Y allí estaba él, ocho años después, con su voz ronca y su trato igualitario. Nos saludamos y empezamos a caminar por la calle de Alberto Aguilera, haciendo el mismo trayecto, pero por la vereda de enfrente, que había hecho el día anterior cuando visité la Casa de las flores y el Parque del oeste.






Mientras pasamos frente a la vidriera con el robot dormido, Ricardo me comentó sobre el verano atípico que estaban teniendo, con un julio lluvioso y un junio en que se habían cocinado en la ciudad con cuarenta grados de temperatura. Pero esa noche el aire estaba fresco y húmedo después de la tormenta.
Hice la referencia a la suerte que había tenido de elegir un hospedaje que resultó estar cerca de donde él vivía. Me contó que de San Bernardo hacia el oeste se encontraba el barrio Universidad y que hacia el este se llamaba Malasaña. Él había vivido toda su vida en el barrio Universidad me dijo. Bueno, toda no, porque Ricardo durante sus años de estudiante vivió en el exilio. Como a muchos de su generación que participaron en las protestas estudiantiles contra la dictadura de Franco, a fines de los sesentas, sus padres lo enviaron a estudiar al extranjero. Era eso o la cárcel. España entonces se sacó de encima a todos esos “revoltosos” y subversivos, expulsándolos a otros países. Irónicamente décadas más tarde el país se beneficiaría cuando muchos de esos estudiantes regresaron ya formados en las mejores universidades del extranjero.
Así fue el caso de Amils, que estudió primero en Argentina, donde vivió un par de años, y luego en Estados Unidos, donde conoció a su esposa. Una señora muy simpática que llegué a conocer en 2009 en Montevideo, también durante el congreso de Astrobiología. Recuerdo que los acompañé desde Ciudad Vieja hasta la calle Ejido. En el camino me pidió que la convidara con un mate. Creo que no le agradó mucho.
Recordaba que ella era profesora de inglés y que compartía conmigo el gusto por la ciencia ficción.
Antes de llegar a la calle de la Princesa doblamos hacia la izquierda y nos internamos en el barrio. Un par de cuadras y llegamos a un mesón gallego que tenía el bonito nombre de Rías Baixas. En la puerta nos esperaba Rosemary, la esposa de Ricardo. Nos saludamos, pero ella apenas se acordaba de mí.
Entramos al mesón que está instalado en lo que fue una casa de familia. La pareja saludó a los muchachos detrás de la barra y pasamos por un pasillo con mesas. Luego doblamos a la derecha y entramos a una habitación más grande. Ricardo eligió una mesa contra la pared.





El mozo es conocido por mis amigos. Tal vez sea venezolano, pensé. Me di cuenta de que ya tenían planeado agasajarme, porque al pedir las entradas y luego los platos principales, pidieron todas cosas distintas para que las probara. Por ejemplo, gallo, un pez aplanado parecido al lenguado pero de sabor más fuerte. Ni qué decir que el vino blanco, servido en jarra y distribuido equitativamente por nuestra amiga, era de Galicia. Al igual que los pimientos de Padrón, cocidos y con sal gruesa. De verde oscuro y con pequeñas verrugas, saben amargos pero no puedes parar de comerlos. Es mejor así, antes de que se enfríen. Pregunté antes de probar uno si picaban, a lo que me respondieron que no, pero cada tanto alguno podía picar. Pero esto no me sucedió ni en Madrid, ni en Gijón, ni en las veces que los comí en Barcelona. Ricardo, jocoso, me recitó: “los pimientos de Padrón / unos pican / otros no”. Después averiguaría que los plantan en Galicia y también en el sur de España, pero que los trajeron los franciscanos de América.





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La esposa de mi amigo llamó al mozo por su nombre y le pidió que trajera unos orujos. Me preguntaron cómo los quería, pero no supe responder. Entonces eligieron por mí y el mozo trajo tres vasitos. Uno con orujo transparente, otro amarillo y otro verde. A cuál más rico.
Se nos pusieron los cachetes colorados y se nos soltó la lengua, que en circunstancias como esas no es difícil que ocurra. Rosemary me contó que es profesora de inglés en Madrid, y que le encanta leer, pero que en los últimos años disfruta mucho más de oír podcasts, sobre todo cuando va al trabajo. Me dijo entusiasmada que había una gran variedad de programas grabados, sobre infinidad de contenidos, como historia, literatura o periodismo de actualidad, por ejemplo, programas de radio. La ventaja es que uno los puede descargar de Internet y escucharlos cuando quiera, explicó.
Le recordé que en Montevideo estuvimos hablando de ciencia ficción. Algo de eso se acordaba. Mencionó haber leído a autores como Kurt Vonnegut y Ray Bradbury. Hablamos sobre que el presente se parecía bastante a la sociedad de control descrita en Fahrenheit 451, como ser la gente embobada con los programas de televisión de entretenimiento o las calles vigiladas por innumerables cámaras. 
Ricardo, tal vez inquieto por el tema, llamó al mozo para que nos trajeran de postre torta de turrón de Jijona. ¿De Gijón?, pregunté, ¿del lugar donde iría al otro día?, pero no. Me explicaron que era originaria de una localidad de Alicante.
Hablar del sur del país me hizo preguntarle a Amils si seguía yendo a Huelva, a estudiar el río Tinto. Todos los años y varias veces, me contestó sonriendo. Me atreví a preguntarle si en el futuro podría ir con él. “Pues claro”, me dijo, “pero ahora no porque hace mucho calor”. Me aseguró que el río igual tenía agua en verano, aunque el caudal se veía muy reducido.




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Un poco por el efecto del vino sumado al del orujo, se me ocurrió contarles sobre una curiosa casualidad: sobre la unión que tenía con ese río, casi imaginario para mí. Cuando empecé a escribir poemas, en 1989, para inspirarme miraba las imágenes de unas enciclopedias que me había regalado de niño una amiga de mi madre. En una de esas veces escribí un poema observando una imagen a colores del río Tinto. La foto, bastante pequeña por cierto, estaba tomada desde un puente romano. En ella aparecía una porción de la construcción antigua y debajo el río de agua rojiza que transcurría calmo. Como se veía parte de la ribera y el terraplén que descendía a la orilla, imaginé que un mediodía, en pleno verano español, dejaba la bicicleta a un lado y bajaba hasta el río. En el poema, le conté a Ricardo Amils y a su esposa, había escrito que el agua era roja por el cobre, pero no, exclamé, ahora sabía que era por las bacterias que se comen el hierro bajo tierra.





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Rosemary no podía creer esa extraña coincidencia y miraba a su marido. Yo sonreí al revelar ese recuerdo de mis años de poeta naíf. De alguna manera todavía no había podido llegar a aquel río, pero las vueltas de la vida me habían hecho conocer al científico que lo estudiaba.
Ricardo se excusó diciendo que al otro día era viernes y que ambos tenían que trabajar “y tú tienes que tomar un tren”. Así que se levantó de su silla y se fue a al frente del mesón a pagar, ante mis protestas. Rosemary rió y me dijo que lo dejara pagar: “deja, que es catalán; le hace bien”.
Nos levantamos de nuestras sillas y fuimos a buscarlo. Saludamos a los mozos y al dueño del mesón, que por supuesto era gallego. En seguida me hizo acordar a los gallegos que tienen bares en Montevideo, con su cara redonda, su frente amplia y la cabeza calva encima y con pelo en los costados. Era como hablar con un familiar. El dueño del mesón me dijo muy amistosamente que uno de sus mejores amigos era uruguayo y que había ido varias veces de visita a Montevideo. Me hizo comentarios sobre que estaba al tanto de la costumbre de tomar mate o sobre la estrella del Fútbol Club Barcelona, Luis Suárez.
Me despedí del dueño del Rías Baixas y salimos a la calle, que estaba extrañamente oscura. Me recordó alguna calle de los barrios montevideanos de La Teja o Paso Molino, por sus veredas angostas, sin árboles, y sus casas bajas sin jardines.





Ricardo me dijo que me acompañaría hasta la calle San Bernardo para que no me perdiera. Dije que conocía bien el camino de vuelta, pero acepté con gusto que me acompañara. Saludé a Rosemary, mi compinche lectora de ciencia ficción y subimos hasta la calle de Aguilera.
El aire de la noche seguía húmedo y olía, imaginé, a las hojas verdes de los árboles de la vereda. Al pasar por las fuentes donde comenzaba la calle San Bernardo mi amigo me dijo, señalando la rotonda, que allí antes había una plaza donde la inquisición quemaba a los herejes. Fue como si me dijera que esa ciudad, Madrid, con sus autos nuevos y veloces, era sólo una foto, una instantánea de una larga historia de conflictos e injusticias. Así lo veía él, como buen geólogo: capa tras capa, eón tras eón, se acumulaba en estratos el paso del tiempo.
Caminamos un par de cuadras hasta que Ricardo se detuvo en una esquina donde había una iglesia muy vieja: “yo tomo esta calle que me lleva a mi casa”. Miré el empedrado que se perdía en el barrio Universidad. “Vivo cerca de aquí”, explicó sonriente.
Le deseé suerte en su trabajo con la NASA y que ojalá su trabajo ayudara a encontrar a esos escurridizos organismos marcianos bajo la superficie del planeta, refugiados de los rayos ultravioletas del sol. A su vez él me deseó suerte con el viaje en el Tren Negro que debería tomar en apenas unas horas, y luego en el resto de mi recorrido que me llevaría a Barcelona.
Fue rara la despedida, porque era como un hasta luego, pero en verdad era un hasta quién sabe, cuando lo decida, de nuevo, la fortuna. Me despedí y seguí calle abajo hasta donde me hospedaba. Subí por el ascensor descangallado y entré al hostal. Saludé al encargado de la noche y entré a mi habitación. Corrí las cortinas, abrí la ventana y salí al balcón. Madrid estaba tranquila, casi en silencio, aprontándose para dormir. El cielo, entre naranja y púrpura, que es el color de los cielos nocturnos de las grandes ciudades, estaba casi despejado. Alguna estrella se dejaba ver. Sabía que para ver estrellas tendría que esperar al regreso, pero como hacía sólo dos días que había llegado, el viaje de vuelta era algo lejano y aunque era casi una certeza, todavía era parte de un tiempo que aún no existía.


Escrito entre el 20 de octubre y el 2 de noviembre de 2017.





Para saber más sobre el trabajo de Ricardo Amils en el río Tinto ver la nota publicada en El País Cultural.











Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017



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Gracias. (02/11/2017)



sábado, 23 de septiembre de 2017

Crónica de un viaje a España (I)








Madrid, 5 de julio de 2017


Sentado en la cafetería La Concha, de la calle madrileña de San Bernardo, tomándome una caña de cerveza mientras espero que me traigan el menú, empiezo la tarea de tratar de reflejar lo que he vivido hoy. Nada extraordinario, por suerte. De fondo suena Miguel Bosé con su “amante bandido”. Me traen el primer plato: papas, bueno, patatas, a la riojana, acompañado de una caña de cerveza “Cruz campo”. Al fondo una máquina “tragaperras” te invita a jugar a El Dorado. La ira de Dios de Aguirre campea por toda la ex capital imperial como un antiguo eco. Algunos de esos viejos signos, casi borrados, todavía son visibles. Para captar otros se necesitaría un radiotelescopio. Pero ni siquiera los imperios pueden vivir del pasado.








Las patatas eran como una comida para el invierno, con pimentón y trocitos de chorizo colorado. Luego me trajeron “pescadilla”, y pensé enseguida si no sería una de las pescadillas que en cardúmenes se las pesca en el Río de la Plata exterior. También me dio para pensar que tal vez era una especie similar; una pescadilla del Mediterráneo o tal vez del Atlántico Norte que aquellos primeros pescadores venidos de la península ibérica a la Banda oriental le llamaron igual.
Reviento; de postre me traen ensalada de frutas que entre otras tiene kiwi y ananá. Además de que pedí otra caña. Estoy sentado cerca de una ventana y veo pasar un grupo de muchachas de bermudas y polleritas, que pasa risueña calle abajo. Me había olvidado: es verano y los estudiantes están de vacaciones.








Aquel primer día en Madrid había estado movido. Después de la aventura de cambiar varias veces de metro para llegar desde el aeropuerto hasta el hostal, había salido a dar una vuelta por la Gran Vía. Más tarde, mientras me preparaban la habitación, bajé a almorzar a la cafetería La concha, que quedaba estratégicamente en la planta baja del mismo edificio.
Después de la siesta que me eché esa tarde, el tiempo, que había estado templado y agradable, cambió, subiendo la temperatura. Así que cuando salí a la calle a eso de las ocho de la tarde, que por suerte todavía era de día porque en España tenían una hora adelantada, me morí de calor. De pantalones y championes en vez de bermudas y sandalias, caminé San Bernardo arriba hasta la Calle de Alberto Aguilera. Dejé atrás la Glorieta de Ruiz Jiménez, una plazoleta con fuentes con chorros de agua, que está cortada en dos por la calle, y pasé frente a la alargada plaza del Conde del Valle Súchil, adornada en su inicio con esbeltos ginkgos. Esa misma mañana había estado allí cuando fui la librería Marcial Pons a comprar algunos libros de historia social.









Siguiendo por la Calle de Alberto Aguilera vi una tienda de drones y de robots. Tenían en vidriera a un viejo Asimo de Honda que andá a saber si funcionaba. Tal vez lo tenían como un costoso maniquí pasado de moda. Como un teléfono Nokia de botones era exhibido el pobre robot bailarín.





Caminé por la sombría avenida, bordeada de plátanos altos y jóvenes, buscando La Casa de las flores donde en 1936 vivió Pablo Neruda. Cuando busco a quien preguntar algo en la calle trato de elegir. Ni muy friquis ni con cara de tuje. Pero a veces no hay más remedio, así que me acerqué a un veterano bajito de musculosa que paseaba dos perros chicos.
¿Para dónde queda la Moncloa?, pregunté. El petiso frenó de golpe y los cuzcos le dieron un tirón de las correas.






Madrid, 6 de julio


En la pieza del hostal. La encargada me calentó agua para tomar mate. Lo necesitaba. Hacía dos días que no tomaba. Ayer sobre la medianoche empezó a llover y ahora pasado el mediodía sigue lloviendo. Por suerte menos, como para que la gente pueda andar sin paraguas o las golondrinas volver a volar sobre mi techo. Estas últimas son hermosas. Más delgadas que las de Sudamérica, ayer cuando llegué a Madrid fueron las primeras en recibirme.
La noche ha hecho que olvidara muchas cosas sobre las que había decidido escribir.  Pero como me dijo Horacio, un amigo, hay momentos para vivir y otros para escribirlos; pero la mayoría hay que dejarlos simplemente pasar.
En la pieza puse aquel disco de El último de la fila que escuchaba en Porto Alegre en 1994, Astronomía razonable. Por la ventana se ve el viejo Palacio de Parcent, del siglo XVIII, que funciona como juzgado. En internet veo que tiene un patio en el fondo. Pienso en el jardín florido y las bellas flores que crecen allí.
Una amiga me ha escrito hace un rato desde Croacia. Está visitando el país de su abuelo, con su padre y su familia. Se acordó de mí cuando visitaron la casa donde nació Nicolás Tesla. El inventor quería enviar electricidad a su familia a través de la atmósfera. Yo envío saludos no sé si por el aire o por fibra óptica.


Había quedado en mi relato cuando el día anterior le había preguntado al hombre en la calle con los dos perritos negros donde quedaba la Moncloa. Aquel veterano abrió grandes los ojos. Rápidamente dije que no quería ir a la casa de gobierno sino en verdad buscaba La casa de las flores, las viviendas donde vivió Pablo Neruda. Estaba cerca, me dijo. Aquella calle transitada que veía era la de La princesa. Una antes debía doblar a la derecha. Agradecí al madrileño por su amabilidad y caminé un par de cuadras.








 Allí estaba la mole, ocupando toda una manzana. Sus ventanas antiguas, regulares, con postigos pintados de verde. En una esquina los balcones tenían flores. En las cuadras largas del rectángulo no. Al doblar en la siguiente esquina vi el jardín interior que asomaba a la calle por el medio de la cuadra. Tenía muchos árboles y el pasto crecido.






El hombre de los perros me había dicho que Neruda no vivió en La casa de las flores. Que había visto una placa en un edificio cercano, donde se leía que el poeta había morado precisamente ahí. Qué pícaro mentiroso, pensé, este Ricardo Eliécer Neftalí Reyes. Me reí recordando que Pancho, mi amigo chileno que vive en Seattle ya me lo había advertido.
Pero después encontré una placa grande en un edificio frente a la Casa de las Flores que decía que en ese edificio había vivido el novelista Benito Pérez Galdós. Así que tal vez el señor de los perritos se equivocaba y después de todo Neruda no nos había hecho el verso.







Después de rodear La casa de las flores caminé hasta el Parque del oeste. Para llegar hasta allí pasé antes frente a un edificio enorme y pomposo de la fuerza área que tenía en exhibición un avión norteamericano, quizá de la época de la guerra de Vietnam. En las escaleras del ministerio los jóvenes charlaban o miraban las pantallas de sus teléfonos. Enfrente, al otro lado de la avenida ancha, un edificio negro con arcadas se imponía con su masa. Más allá se veía un enorme arco del triunfo y detrás un parque del que sobresalía una torre metálica, coronada con un mirador en forma de plato.







Cuando llegué al parque pude ver entre los árboles una sierra lejana. Emocionado pensé que tal vez fuera la Sierra de Guadarrama que conocía por los relatos de Rafael Alberti en su Arboleda Perdida. En ese libro cuenta que durante su juventud, estando enfermo de los pulmones, dejaba abiertas las ventanas de su habitación para que entrara el aire helado del invierno. Esa vieja creencia de que el aire puro curaba la tuberculosis. Increíble. Entonces desde su cuarto, su helada “leonera”, como la llamaba, se podía ver la Sierra de Guadarrama. Ahora a través la neblina amarilla del smog estival, podía ver los mismos montes albertinos. Luego mirando un mapa me di cuenta de que la sierra queda al norte de la ciudad.




En el parque pude ver inmigrantes de extremo oriente. Unos, tal vez serían birmanos, jugando al dominó con fichas de plástico verde y otros quizá, indonesios, con sus niños jugando en el césped al bádminton. Con movimientos precisos los chiquilines pasaban sobre la red esa pelota curiosa con plumas de plástico que se frena en el aire. Vi también que había niñas y niños españoles jugando con ellos.




Caminé por una pendiente cuando oí a las cotorras del sur. Me detuve y las busqué con la mirada entre las copas de los pinos marítimos. En Uruguay hacen sus nidos sobre los eucaliptos y en España, que han sido introducidas, anidan en los pinos. Tal vez se escaparon de sus jaulas o simplemente alguien que las trajo de contrabando las soltó. Es lindo verlas volar entre los árboles, a esas también inmigrantes, pero del Río de la Plata.





Bajé la loma y llegué a una avenida que a esa hora tenía poco tránsito. La crucé y pasé al otro lado del parque. Un hombre cepillaba un perro blanco dejando montones de pelos que volaban con la brisa. Busqué entre la vegetación las casamatas de la guerra civil pero tampoco puse mucho empeño. Malditas guerras civiles. En ese parque y más allá en la ciudad universitaria la República mantuvo sus posiciones ante el embate fascista que desde las colinas bajaba hasta Madrid.





Caminé por los senderos, observando a las urracas blancas y negras que avanzaban dando saltitos en el suelo y a algún que otro lorito verde y amarillo que quizá también era introducido. Cada tanto había parejas descansando en la hierba. Las más jóvenes se besaban y las mayores charlaban o bebían vino. Si, una pareja de cincuentones tenía entre sus cosas una botella de tinto recién abierta. Me gustó esa costumbre de ir a charlar y a tomar un poco de vinito a la sombra.
Dando vueltas llegué hasta un terraplén desde donde se veía, entre los arbustos, la vía del tren y más allá unas colinas largas y marrones. Creo que eran lo que se conoce como Casa de campo, desde donde la artillería franquista bombardeaba la ciudad sitiada. Durante el asedio de la Madrid los barrios que yo había recorrido un rato antes habían sido desalojados. Pablo Neruda cuenta en uno de sus libros de memorias que por los bombardeos tuvo que abandonar su apartamento en la Casa de las flores. En ese libro relata cómo fue con el poeta Miguel Hernández a ver si podía rescatar alguno de sus libros, pero cuando llegó a su casa encontró que esta estaba hecha una ruina. Soldados de ambos bandos habían entrado y robado todos los recuerdos que había traído de Java y de Ceilán. Lo que había quedado estaba tirado, sucio y roto por el suelo. Miguel Hernández le preguntó si quería llevarse algo, pero Neruda dijo que no. Dieron media vuelta y se fueron, sin llevarse nada.
Esa no era mi situación. Yo sí que había encontrado y tomado lo que la ciudad pudo ofrecerme en ese primer día de visita.
Me despedí del paisaje agreste, subí por los senderos hasta la avenida y volví por otro camino lejos de los arcos de triunfo franquistas y de las ínfulas militaristas de los ministerios, extraviándome a ratos, hasta que pude orientarme y encontrar la calle Aguilera. Pasé frente al robot dormido, a la plaza de los ginkgos, a la rotonda de las fuentes y bajé por San Bernardo hasta el hostal. Aún volaban las golondrinas en el cielo oscurecido. Se había nublado. No sería raro que lloviera, pensé. Y así ocurrió.






Parecía que tenía que visitar la Puerta de Alcalá. Ir a Madrid y no conocerla lo dejaba a uno casi en la condición de turista indolente. Tracé más o menos un itinerario y salí del hostal. Tomé por la angosta Calle del Pez, y atravesé un viejo barrio de intrincadas calles, reliquia de la villa medieval, pero no me gustó mucho.








Parecía esos ambientes caza turistas. Una mujer flaca, de rostro blanco y demacrado, tal vez una adicta a la heroína, me llamó “guapo” y me pidió una moneda. Me disculpé y seguí caminando. En el mapa había visto una iglesia de los alemanes, y al doblar en una esquina me topé con ella. Ocupaba una pequeña manzana, de la que parecía sobresalir en ángulos afilados con sus piedras de caliza amarillenta.





Unas cuadras más adelante salí a la Gran Vía y su incesante tráfico de vehículos y personas. Ahora el problema era deducir la dirección correcta. ¿Calle arriba o calle abajo? Decidí remontar la suave cuesta, observando los grandes edificios de los años treinta que me recordaron los de alguna avenida de Buenos Aires.
Al llegar a una zona donde estaban reparando tal vez una de las líneas del metro, doblé hacia la derecha. A lo lejos ya se veía la fuente de la Cibeles. Qué extraño el monumento más famoso de la imperial y muy católica Madrid sea la antigua diosa madre de las aves y las abejas. Como una María cristiana gobernaba un pesado carro celta tirado de leones, símbolo de la monarquía y del mismo Cristo.





Sin embargo no le presté mucha atención. Más bien me preocupé por cruzar la avenida que envuelve la rotonda donde se encuentra la fuente y el monumento. Enfrente estaba el edificio de las comunicaciones con un cartel, sospechosamente hipócrita, en el que se daba la bienvenida a los refugiados de la guerra de Siria.





Pero no llegué a la Puerta de Alcalá. Vi un pub irlandés y me metí en él. Todo para probar una cerveza negra Guinness. Hacía como quince años que no tomaba una. Sobre la calle el pub tenía unos vitrales de colores con personajes famosos de la historia del siglo XX de Irlanda. Distinguí a James Joyce y a Éamon de Valera, presidente de Irlanda y uno de los líderes del movimiento por la independencia.



Elegí sentarme contra la ventana para ver pasar a la gente. Una gran variedad de personas pasaban caminando y casi todas miraban para adentro del bar. Mientras esperaba que viniera el mozo me entretuve viendo los vehículos que pasaban avenida abajo. Pasaron un par de ómnibus turísticos con los toldos puestos por la lluvia, con los turistas sacando fotos. Vi una mujer china conduciendo una BMW negra; cuando su auto pisó un pozo esta saltó en su asiento. Afuera seguía lloviznando. Por suerte me había comprado un paraguas en un bazar chino, tres veces más barato que en una tienda.
El mozo hablaba con dificultad el español. Le pregunté de dónde era y me contestó que rumano. Le pedí que me trajera una pinta de Guinness. Me resultó suave, con poco lúpulo y espuma cremosa. De fondo sonaba One, de U2. Por fin un lugar con música en inglés, pensé. También pasaron temas de Iggy Pop y Patty Smith.




Para comer, gazpacho como primer plato. No me gustó y no terminé el tazón. La moza, tal vez centroamericana, puso cara de preocupación cuando le dije que no quería más. Después “churrasco al chimichurri”. Venir hasta acá a comer carne y además, con chimichurri picante. Sólo yo.
“One love”, sonaba en el pub. Afuera la llovizna había parado y hasta había salido un poco el sol. Bueno, me dije, iremos a ver esa puerta de Alcalá y a cantar su canción.

Daniel Veloso