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jueves, 10 de agosto de 2017

Peces de colores










Cuando tendría catorce o quince años empecé a ir los domingos a la feria de Tristán Narvaja en el barrio Cordón. En esos años iba por el hobby del acuarismo, a comprar peces, plantas acuáticas y tubifex. Los vendedores de peces ocupan una larga cuadra sobre 18 de Julio y allí iba siempre. Pero la feria es enorme y en ella se venden muchas cosas. No sabía lo cerca que estaba de otra de mis pasiones, los libros. Pero eso lo descubriría más tarde.
Recuerdo que de todos los puestos de los acuaristas, el que más me llamaba la atención era el de un señor que tenía unas peceras muy viejas de marco de hierro. Antes las peceras eran así y en lugar de silicona para pegar los vidrios al hierro se usaba masilla. Que por supuesto cuando se secaba originaba verdaderos desastres. Imaginen levantarse un sábado de mañana y encontrar que tu pecera de cien litros ya perdió diez sobre el piso de madera del living. O cualquier situación similar que implique que la pecera, gota a gota, vaya vaciándose. Así arruiné un montón de libros, como el Cosmos de Carl Sagan, cuando una pecera empezó a perder. Y como había tenido la genial idea de apoyar libros contra ella, porque tenía las peceras en la biblioteca, demoré un par de días en darme cuenta de que estaba perdiendo. Cuando los libros estaban hinchados de agua ahí me di cuenta del error de juntar libros con peces. Pero hasta el día de hoy no he escarmentado.
Bueno, aquel puesto de peceras de hierro era de un señor que se llama Óscar Vidal, y que hace muchos años que todos los domingos de mañana, haga frío o haga calor, él está allí. Ahora que sus fuerzas lo abandonan sólo vende las plantas acuáticas que cría en su terreno en un barrio cerca de Punta de rieles. Pero siempre es lindo darse una vuelta por la feria, un domingo al mediodía (antes imposible), a saludarlo y tomarnos un vinito casero que tan bueno le sale.
A Óscar lo entrevisté en abril de 2004 en su solar lleno de árboles y plantas, y muchos años después en diciembre de 2015; esta vez lo grabé con una cámara digital.
La nota que escribí en 2004 quedó allí, en el limbo de las notas que nadie quiere, hasta ahora, donde la ofrezco a los lectores de Internet, que como peces de los fondos abisales, se puedan topar con este blog. Y a los amigos de siempre y a los nuevos, gracias por estar ahí, y gracias por leer.







Con el criador de peces Oscar Vidal


Retrato del hombre y la naturaleza



La feria de Tristán Narvaja, la más singular de Montevideo, siempre ha sido un festival de colorido y alegría, derramándose calle abajo, inundando tantas laterales como sea posible. Toda una galería de personajes vibra en el bullicio de la mañana dominguera. Detrás de cada puesto como acompasándose a la mercadería ofrecida, encontramos a los vendedores. Algunos tienen años de feria, de frío o calor, de sol o lluvia; otros son novatos, ocupando los nuevos lugares que se esparcen por calles como Galicia y Magallanes. Son todos personajes de la feria, detrás de sus mostradores improvisados. Están los que venden antigüedades o fotos viejas, recuerdos del Montevideo de los tranvías, los que venden discos de vinilo y los que venden compactos truchos. En esta esquina el pajarero y enfrente el curioso librero siempre fiel a su sombrero, o el que vende ropa, pescado o queso.
Cuando el visitante se aproxima a Tristán Narvaja, a esa entrada abigarrada de personas y puestos que se da en la esquina con Dieciocho de Julio, lo que nota es la larga cuadra de peceras llenas de peces de colores. Detrás de estos vidrios contenedores, están los acuaristas. Uno de estos trabajadores se llama Oscar Vidal. Los peces que cría, de la especie Carassius auratus, conocidos también como peces dorados o cola de velo, son los más coloridos y más rechonchos de la feria. Durante muchos años los tenía en grandes peceras de marco de hierro pero el tiempo lo ha llevado a utilizar peceras más pequeñas y menos pesadas.









CON UN PUÑADO DE PECES. Oriundo de Rocha emigró de joven a la capital buscando empleo. Con las alpargatas puestas y unos pesos que le había dado su padre para pagar un mes de pensión, se encontró solo en la ciudad. "Yo vine asustado y con ganas de disparar, de echar para atrás pero me quedé", cuenta riendo. En Rocha había estudiado en la Escuela Agraria, pero en Montevideo todo ese conocimiento, pensaba, no podría serle útil. Hasta que pasó el tiempo. Trabajó en la Intendencia de Montevideo y con lo que ahorraba se compró un terreno y construyó una casa. Cuando comenzó en la feria comenzó criando "puñaditos de pececitos y con esos puñaditos ya me sobraba algo e iba haciendo el rancho". En ese momento comenzaron a serle útiles los conceptos aprendidos en la UTU para criar a sus peces. Sin embargo se confiesa un autodidacta en el acuarismo. 







Los conocimientos los saca de los animales, dice, observándolos: "en mi acuario no hay enfermedades, no existen; yo les he puesto un cerco”. Oscar explica que muchos de los peces que se venden en el mercado son importados, pudiendo traer alguna enfermedad que por no ser sus síntomas visibles, pasan los controles sanitarios. Por eso trata de no traer animales que puedan ser portadores y enfermar su criadero. Cuando desea renovar la genética de sus peces escoge con sumo cuidado los que compra, teniéndolos antes en cuarentena. Debido a sus cuidados tiene peces sanos y longevos. Cuenta que no le duele desprenderse de sus peces, pero que si ve que el que los compra no tiene pecera siquiera, trata de advertirle de que si lleva al pez para colocarlo dentro de un florero, este morirá.









FILOSOFÍA NATURAL. Oscar Vidal tiene ochenta y seis años (2017). De movimientos tranquilos, meditados, no ocultan sin embargo un cuerpo fuerte. Su tranquilidad radica en lo que piensa, en el lugar que se da en este mundo. Sus bases son el respeto a las personas y a todos los seres vivos. Un día le vi tomar un saltamontes que había venido de contrabando desde su criadero, lo atrapó y lo metió en el auto para que regresara de donde vino. Oscar siente empatía por todo animal y planta. Tanto es así, que hace unos años ha conseguido realizar un pequeño sueño. En el barrio suburbano donde vive tiene un terreno donde cría los peces y las plantas acuáticas que vende. Hasta ha hecho una pequeña cascada en él. Cuenta que ya de chico criaba peces de arroyos en piletas, uno de los tantos saberes que aprendió cuando vivía en el Chuy. "Era muy montaraz; nadaba en arroyos, cañadas y en el mar. Ahora voy y miro esas mismas playas y me asombra. Nos metíamos una cuadra mar adentro, y había olas como casas. Intrépidos que éramos. Si aquel se mete cincuenta metros más allá, yo no voy a ser menos y voy también; y bajaba la ola y uno no veía la costa para nada", cuenta divertido. "No sé como no nos llevó una corriente; ni atado me meten ahora", se ríe. Eran tiempos en que la muchachada caminaba kilómetros para ir desde el Chuy hasta la playa, en la Barra. De esa realidad a la de la ciudad el cambio fue intenso.








Por eso con los años, consiguió construirse su pequeña jungla protectora. A pocas cuadras de distancia del terreno, tiene su casa, donde vive con Elba, su esposa, luchadora por los derechos de los descendientes de los indígenas. En varias piletas, como espejos del cielo, se ve nadar en cardúmenes multicolores a cientos de pececitos. En su casa, más a sus anchas, Oscar invita con un buen vino casero y habla del mundo y de lo que piensa en su selva. A menudo, confiesa, cuando está allí, siente a Dios. Ese es su templo, dice. Su dios está en todas las cosas y su expresión está en la naturaleza. Pero el Hombre mantiene en esta obra teatral un papel fundamental porque es consciente de sus actos, y obra en contra de los otros seres vivos y en contra de su propia especie. "Defino al Ser Humano como un virus atacando las defensas del planeta”.  Vidal piensa que “esa enfermedad va a destruir el planeta o va a crear un hábitat hostil para sí mismo y al final va a desaparecer". Entonces, opina, la vida evolucionará lentamente y repoblará la Tierra. No se considera responsable de ese futuro que percibe "porque dentro de mis límites hago, pero yo soy una cosa muy chiquita y en el conjunto no puedo afectar", explica con pesar. Mientras, un pequeño gatito pide desde el suelo su ración de leche. Oscar lo levanta y le da la mamadera. Lo llevaron a la feria para regalarlo, pero como llovió mucho, el gatito se quedó dentro del viejo Opel, junto a sus dos perros. El Mundo le preocupa mucho a Oscar. Comprueba los cambios en el ambiente ahí mismo, en su casa. Nota el aumento en la radiación ultravioleta por el adelgazamiento de la capa de ozono, en las hojas quemadas de las plantas. "Nosotros quebramos nuestro propio equilibrio, negamos nuestra propia inteligencia en aras de alcances cortitos". Apoya un vaso contra la mesa, y suspira.









CUANDO PARA LA LLUVIA. Es domingo de mañana, el sol apenas está saliendo pero Oscar está levantado hace rato. Va guardando en el Opel las peceras y las plantas. Le sacó el asiento trasero y allí lleva grandes tanques de plástico llenos de agua y peces. Elba le alcanza un mate y hace entrar a la perra más viejita al auto. El cielo está encapotado y amenaza largarse a llover. Arrancan para la feria y la lluvia se da nomás. Cae tanta agua que apenas se puede ver. Oscar dice que aunque llueva, a la feria va igual. A lo mejor para de llover al mediodía y para el feriante es importante siempre estar allí. Llega a Dieciocho, estaciona a mitad de cuadra y empieza a armar el puesto. Alguien que trabaja con peces no le va a tener miedo al agua. A eso de las once el cielo abre y lentamente la vereda se va poblando. Primero son los que viven cerca, que no pueden con la costumbre de darse una vuelta y después van llegando los paseantes que vienen de más lejos, que habían esperado que parase el aguacero. Oscar con paciencia explica una y otra vez el arte de tener peces, de cambiar el agua, de cuanto darles de comer.




Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017



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Gracias. (10/08/2017)














lunes, 7 de agosto de 2017

El apóstol de Mario Levrero









Con el escritor, editor y traductor Marcial Souto


El apóstol de Levrero



Daniel Veloso


Desde un bar de 18 de Julio cerca de la Plaza Independencia, vemos con la imaginación, pasar a un niño gallego junto a su hermano menor, cargando sus valijas, subiendo la empinada avenida hacia la Plaza Libertad. Hace apenas un rato que han bajado del barco que les cruzara el Atlántico, para reunirse con sus padres tras nueve años sin verlos. 
Ese niño que imaginamos llegando a Montevideo un día nublado de setiembre de 1961 es el escritor y editor Marcial Souto, que nos dice, al otro lado de la mesa del bar, que se considera a sí mismo como un viajero del tiempo. Salido de una aldea gallega que parecía anclada en el Medioevo, emigró a Uruguay donde pudo mejorar la educación que había recibido en una escuela rural. Su avidez por aprender y por acceder a los libros, inexistentes donde vivía, lo llevó a ganar una beca para estudiar inglés en Estados Unidos, y luego la fortuna lo llevó en 1968 a una de las míticas convenciones de escritores de Ciencia Ficción, donde pudo conocer y hacerse amigo de escritores como Ray Bradbury y Brian Aldiss. A su regreso a Uruguay conocería a Jorge Varlotta, alias Mario Levrero, del que se haría amigo y editor de sus obras.
En el bar aumentaba el ruido a medida que se acercaba el mediodía, mientras el pizzero golpeaba con su cuchilla la madera cortando porciones de muzzarella y Marcial Souto, tímido y desconfiado, sentado en una mesa contra la ventana, comenzaba su relato.







EL MUNDO SIN TIEMPO. Marcial Souto nació en 1947 en Galicia, España, y vivió hasta los catorce años “en una aldea de seis casas perdida entre los bosques y los montes”. Le pregunto si su pueblo era de casas de piedra, con el establo y la vaca debajo. “Exacto; calentando la casa y viviendo todos en comunión. Aquello era la alta edad media”, responde. “Mis padres emigraron a Montevideo y yo me quedé nueve años con mis abuelos maternos, antes de que me reclamaran”, cuenta. Marcial iba a una escuela rural donde “no había grados, simplemente había una maestra” que enseñaba a niños de seis hasta catorce años. “Teníamos libros distintos, pero yo sólo recuerdo dos”. Cuenta que un tío, “me enseñó a leer y a escribir antes de entrar en la escuela”.
Para los niños de la aldea ir a la escuela o jugar a la pelota en el recreo eran sus pocas actividades de esparcimiento, además “llevábamos las vacas a algún monte cercano y ahí nos juntábamos; aquella era una vida muy extraña, incomprensible vista desde ahora”, dice con una sonrisa y agrega: “soy un viajero del tiempo”.
También el viaje en barco hasta Uruguay fue extraño, “porque la nave hacía escalas en planetas distintos a medida que se iba acercando”, como Islas Canarias o Río de Janeiro. El barco llegó al puerto de Montevideo el 9 de setiembre de 1961 y de aquel día Marcial Souto recuerda con claridad que “estaba nublado y que todo era edificios oscuros; era una sensación rara después de aquella cosa luminosa y tropical de Río”. Pero lo que más lo afectó fue que a lo largo de la avenida 18 de Julio habían podado los árboles: “eran muñones”, explica. En ese entonces su familia vivía “muy cerca de la Plaza Libertad”, así que fue todo el camino “con una sensación extraña, porque venía de Galicia, un sitio súper verde y llegaba a una ciudad donde estaban todos los árboles mutilados”, enfatiza. De fondo se escucha como cortan con un cuchillo la pizza sobre una tabla: pac, pac, pac.








ARRIBO AL MUNDO FANTÁSTICO. Pero ¿cuándo Marcial Souto comenzó a interesarse por la ciencia ficción y fantasía, géneros literarios con los que se lo vincula? “El asunto es que en la casa donde vivía no había ningún libro y tampoco ninguno en un radio de diez kilómetros”, dice con una gran carcajada. “Eran tiempos de pleno franquismo y en esos lugares rurales, perdidos ¿quién había oído hablar de un libro?”.
Sin embargo, “una vez mi abuelo y mi tío apartaron un armario de una pared y cayó una cosa por detrás, una especie de pájaro que cayó aleteando. Era una maraña de papeles, cocidos por telarañas y comido por ratones. Era un libro; un libro gordo al que le faltaban las primeras y las últimas cincuenta páginas. Igual lo leí y lo releí no sé cuantas veces”, recuerda.
El libro era un folletín francés que se llamaba La vuelta al mundo de dos pilletes, escrito por H. de la Vaulzx y A. Galopin y como le faltaban las últimas páginas “nunca terminé de leerlo”. Aquel libro se convirtió en una puerta de escape de aquel mundo rural. Souto recuerda que ayudaba a su abuelo a arar la tierra: “mi abuelo usaba el arado y yo Iba adelante tirando con una cuerda y controlando por donde iban las vacas; recuerdo hacer todo esto con el libro abierto”. Se reclina en su silla y vuelve a reír. “Es una de las imágenes más absurdas; es surrealismo puro: un gallego controlando dos vacas con una mano y en la otra un libro abierto”, dice sonriendo.





18 de Julio a comienzos de los años sesentas.


Esa falta de libros se terminó con su llegada a Montevideo: “cuando llegué aquí empecé a leer desaforadamente y entre otras cosas descubrí la ciencia ficción”, dice arribando al punto. “Pero no sé, estoy tremendamente asociado a eso y ya no sé porqué”, explica. “En realidad me interesa toda la literatura y he leído montones de cosas”, se defiende. Agrega que “por casualidad me metí en eso de la ciencia ficción porque gané un premio en el instituto de inglés donde estudiaba, que consistía en un viaje a Estados Unidos”. Coincidió su visita a aquel país con la convención mundial de ciencia ficción de 1968, y “terminé conociendo a casi todo el mundo y siendo amigo de muchos escritores de ciencia ficción”. Después incluso llegó a traducir a varios de estos al español. En esa convención conoció al escritor Ray Bradbury (1920 – 2012) del que se haría amigo. “Crónicas Marcianas me parecía un libro mágico”, dice Souto. Pasado el tiempo, en 1997, “logré que fuera a la Feria del Libro de Buenos Aires”. Cuenta que de este escritor tradujo “casi todos sus últimos libros y tuve mucho contacto con él, sobre todo durante este último tiempo”.
En aquella visita a Estados Unidos se quedó en la ciudad de Los Ángeles, “veinte días en la casa de un amigo íntimo de Bradbury, Forrest “Forry” Ackerman, que tenía la colección privada más grande de cine de terror en Estados Unidos; Ray venía todas las tardes en bicicleta a conversar, a tomar té y a ver películas de terror”.









EL NIDO DEL CUCO. En 1969 se da el encuentro en Montevideo con Jorge Varlotta, alias Mario Levrero. “Cuando volví de mi viaje fui conociendo un montón de gente del mundo de la cultura, y ahí conocí a Francisco “Pancho” Graells”, un dibujante y humorista que hacía la contratapa del semanario Marcha. “Graells me llamó y me dijo: hay una gente que conozco que tiene una editorial y que quiere hacer una colección de ciencia ficción para lectores jóvenes”. La editorial, que se llamaba Tierra Nueva, “pertenecía a la iglesia metodista o algo así”, cuenta. Se reunió con ellos y llegó a un acuerdo para publicar “antologías cortas, de pocas páginas”. Días más tarde Pancho Graells le dice que quiere presentarle un amigo “que había sido finalista de un concurso de novelas en Marcha”. Souto acepta y acuerda encontrarse con este amigo en una esquina: “y ahí estaba esperándome Jorge Varlotta, con un sobre con un manuscrito de La ciudad”. Souto se llevó la novela y prometió leerla. “Esa noche la leí y no podía creerlo, era una bomba atómica; pasaba algo de verdad ahí y decidí que iba a hacer lo imposible para que apareciera esa novela en la colección y no otras cosas”.
Una vez convencida a la editorial de que se incluyera La ciudad, surgió el problema de qué nombre ponerle a la colección “y al mismo tiempo no meter en ningún género a Jorge Varlotta, y se me ocurrió el nombre de literatura diferente, y se impuso eso”.
Al otro día del primer encuentro, Levrero le alcanza otro manuscrito más, esta vez una recopilación de cuentos de título La máquina de pensar en Gladys. “Me dije que también tenía que ir como sea”, recuerda. Finalmente Marcial Souto logrará publicar ambos libros.
Durante una pequeña reunión “de fin de año” organizada por la editorial y mientras celebraban con “coca y sánguches” se le acercó un pastor y le dijo: “así que sos vos el que se divierte haciendo literatura diferente. Había captado que aquello era una locura, un desatino total”, dice riendo. “Después Jorge Varlotta dijo en una entrevista que él no sabía qué relación tenía yo con esa editorial religiosa. Es que no tenía ninguna”, exclamó alzando la voz. “Pasó eso, fue como el cuco; poner un huevo en un nido ajeno, el único que había disponible y publicar esos textos”. Reconoce que aquellas personas de la editorial “hicieron algo extraordinario, de lo que no fueron evidentemente conscientes; fue un servicio enorme a la literatura uruguaya”, dice sonriendo.





Pero este sólo sería el primer paso como editor de la obra de Levrero. Luego en Buenos Aires, en 1982, publicaría la novela El lugar en la revista El Péndulo. “Fue una hazaña y además con un número especial con más páginas”, explica. Más adelante en el año 2000 incluiría El Lugar y Ciudad en una colección de ciencia ficción de la editorial Plaza & Janés que él dirigía. 
Ese doble rol de amigo y editor del escritor ya forma parte de su identidad. “Una vez un editor muy importante me dijo: ¿Pero qué sos? ¿Un apóstol de Mario Levrero? Bueno, sí y me alegro mucho de serlo”, dice orgulloso Marcial Souto.






Fotos de Mariana Picart Motuzas.



ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN. A principios de la década del 70 Marcial Souto emigra a Buenos Aires. “Me fui porque ya estaba trabajando para Minotauro. Había conocido a Paco Porrúa en 1968 y estaba viajando con mucha frecuencia. Llegó un momento que Paco me hizo una propuesta para quedarme allí y empezamos a editar libros”, explicó. Souto cuenta que la editorial Minotauro “venía publicando un libro cada ocho meses pero era invisible” para el público. “Los libros eran maravillosos pero no se veían mucho” por la frecuencia entre sus salidas. Como “ni siquiera había una idea de catálogo”, Porrúa le propuso “poner al final de cada libro los títulos publicados y organizarlos de una manera fácil y clara”. Desde su llegada se empezó a reeditar libros: “el primer año que estuve se publicaron cuatro libros nuevos y se reeditaron como diez, entonces la cosa empezó a moverse”, cuenta. 
Entre sus nuevas amistades estará el ensayista y filósofo Pablo Capanna. “A Pablo lo conocí en 1968 en una convención de ciencia ficción en Mar del Plata”. Pablo Capanna había publicado El sentido de la Ciencia Ficción y ya era conocido entre los cultores del género. “Es un libro notable, hecho a los veinticinco años”, explica.






A partir de ese encuentro se hicieron amigos “hasta hoy; en todas las revistas que hice, él fue parte importante. Es uno de los tipos más inteligentes y sabios que conozco, es alguien que sabe de todo. Casi cualquier cosa que le preguntes la sabe o tiene una pista certera”.
Más adelante Pablo Capanna será importante en la formación de la revista El péndulo.
Pregunto cómo se le ocurrió la idea de hacer una revista sobre ciencia ficción y fantasía en el Río de la Plata, y Souto, que conoce de memoria la trama, explica: “a través de Jaime Poniachik, que hacía una sección de entretenimientos en la revista Satiricón, fue que conocí al editor Andrés Cascioli. Un día, siempre con el proyecto de hacer una revista literaria, cosa que tiene todo el mundo, pensé: ¿por qué no se lo proponemos a Cascioli? El gobierno de Isabel Perón había cerrado Satiricón y Andrés Cascioli había empezado a hacer una revista que se llamaba Chau Pinela”. Souto le propone sacar la revista y Cascioli acepta. Además le ofrece que si le adelanta los dos primeros sueldos y él viajaría a Europa a buscar cuentos para armar el primer número. Concretado este punto, Souto prepara su viaje. “Le escribí a J. G. Ballard para decirle que iba a estar en Londres y me contestó: ‘venite a mi casa’. Él vivía a una hora de tren de Londres, en Shepperton, y fui hasta allí y estuve todo un día en su casa; fue fantástico”. Cuenta que Ballard llamó a su agente y “arregló para que me dieran gratis el cuento Cronópolis, que después apareció en Milenio, un libro de cuentos que publicó Minotauro y que yo traduje”. Pero cuando volvió a Argentina en junio de 1975 las cosas habían cambiado: “había ocurrido el ‘Rodrigazo’, que fue el primer golpe, el del mercado”.
Además habían tenido problemas para registrar el nombre que habían elegido. Cascioli “no había podido registrar el nombre que queríamos ponerle que era una película de aquel momento. Satiricón, película de Federico Fellini de 1969, era un nombre perfecto para una revista satírica. Entonces Cascioli quiso ponerle el nombre de una película de Pier Paolo Pasollini (Teorema), pero no pudo porque ya había una librería que lo tenía”.
Entonces Cascioli eligió “El péndulo entre la ficción y la realidad; porque había que registrar una frase, porque El péndulo solo era demasiado genérico”. El primer número de la revista llegó a estar preparada para entrar en imprenta “pero todos decidimos pararla ahí”.
Pasarían varios años hasta que un día, Souto se encuentra con Andrés Cascioli en la calle y este le dijo: “che, tendríamos que hacer esa revista de nuevo. Humor empieza a andar un poco mejor”. Humo® era una revista de humor gráfico que había empezado a salir en 1978 para el Mundial en Argentina y que criticaba como podía al régimen militar. “En el 79 empezamos con El Péndulo, pero era una revista muy cara, en color, con historietas y de esa forma era imposible”, señala. Al año siguiente, en 1980, el poeta Miguel Grinberg comenzó a sacar la revista Mutantia, con un formato que adoptaría El péndulo. Era “la fórmula justa, en blanco y negro”. Se parecía más a la revista literaria que quería hacer: “no era cosa de llenar todos los espacios con ilustraciones e historietas, esto iba a costar mucho menos y era un proyecto mucho más sensato”.




 Allí salió el primer número de esta nueva etapa de El Péndulo. “Pero era una revista tan pobre que no teníamos ni una mesa para apoyarla”, dice. “La hacía en mi casa y luego con los colaboradores nos encontrábamos en el bar de la esquina”. 
Pregunto si los colaboradores de El Péndulo luego de reunirse en el bar se llevaban los materiales para sus casas. Responde que “La gente de Humor hacía más eso, porque podían secuestrar los materiales en cualquier momento, y yo también me llevé El Péndulo muchas veces”, responde. “Porque no era sólo que te cerraran, sino que te robaban el material, y como en aquel momento todo era impreso y no había nada digitalizado”.
Souto recalca su rol: “yo desarrollaba página por página del número”, enfatiza antes de mencionar el de su coeditor; “después Andrés Cascioli metía chistes”, rezonga. Se esforzaba para evitar que quedara una página impar en blanco “para que Andrés no metiera un chiste, porque generalmente rompían el clima”. 
Para ello colocaba fragmentos de algún texto traducido por él, recurso que luego utilizaría cuando tuviera a su cargo los doce números de la revista Minotauro: “ahí tenía control total, y metía en cada número textos de un mismo autor”. 





Elvio Gandolfo y Marcial Souto en setiembre de 2013, luego de la presentación del libro de Mario Levrero Diario de un canalla y Burdeos, 1972. (Foto del autor).


Comento que en esa época el escritor Elvio Gandolfo formaba parte del equipo de colaboradores. “Gandolfo hacía una sección que abría cada número que se llamaba Polvo de estrellas”. La sección traía comentarios sobre libros, películas y autores, en forma de “pastillas”. Esa sección dejaría su huella: años más tarde, en 1989, en el número uno de la revista uruguaya de ciencia ficción Diaspar, el periodista y músico Fernando Santullo llevaría adelante su sección “Pájaro de tormentas”, inspirada en la de Gandolfo e igual de influyente en los jóvenes lectores de aquella época. 
El grupo de colaboradores también contaba con Pablo Capanna, amigo tanto de Souto como de Gandolfo: “Pablo hacía un artículo por número; yo le conseguía los materiales, los libros, le preparaba un paquete con todo eso y él lo procesaba fantásticamente”, dice sonriendo.






ENTRE ROBOTS Y VAMPIROS. Su relación con escritores y editores de ciencia ficción ha dejado un mar de anécdotas de las que aún no se ha visto la orilla. Uno de estos relatos comienza con el premio a la mejor traducción que le dio la Asociación de Ciencia Ficción. “En esa asociación mundial de C.F. estaban escritores como Brian Aldiss (1925) y Frederic Pohl (1919 - 2013), y he tenido mucha relación con ellos”. Fruto de esa amistad, Brian Aldiss lo incluyó como personaje en la novela Súper-Estado (2002), que imagina el futuro de Europa dentro de cincuenta años: “el comandante de la fuerza aérea de Europa, es el Marshal Souto. Un tipo terriblemente belicoso que quiere bombardear Mongolia”, dice riendo.
Cuenta que también consiguió traer a Aldiss a la feria del libro de Buenos Aires. 
“Logré que la feria lo invitara, y como hubo un problema con la empresa aérea por la que volvía y tuvo que quedarse una semana, anduvimos recorriendo Buenos Aires y divirtiéndonos mucho. También vinimos a Uruguay por dos días y se volvió loco con Montevideo. Quería preguntar precios de casas aquí”, cuenta. “Es una de las personas más interesantes e inteligentes que he conocido, además de ser un escritor increíble”, afirma.
Es impresionante la lista de personajes del género que ha conocido. Marcial Souto cuenta que en 1969, “al año siguiente de mi viaje a EEUU, hubo en Río de Janeiro un congreso de Ciencia Ficción al que me invitaron. Varios de mis amigos estadounidenses les escribieron a los organizadores que había alguien cerca que había que invitar”, dice con humildad. “Yo no existía y fui uno de los invitados”. Aquel “fue un congreso glorioso” por los escritores y cineastas que concurrieron. “Estábamos en dos o tres hoteles y estuvimos como diez días. Así conocí a J. G. Ballard (1930 – 2009) y a Brian Aldiss. Yo ya estaba traduciendo el primer libro de Ballard y ahí hablé varias cosas con él y quedamos amigos para siempre. El libro era El hombre imposible, un libro de cuentos que apareció en Minotauro, en Buenos Aires”, explica. Por ese entonces Souto había conocido a Francisco “Paco” Porrúa, director y dueño de la editorial Minotauro, y había comenzado a traducir y a editar libros para la editorial Minotauro.
“En el congreso de Río también conocía a Arthur C. Clarke (1917-2008), a Robert A. Heinlein (1907 – 1988). Además conocí a Roman Polanski, y cené una noche con él y con Harlan Hellison (1934), que eran amigos, y que lo llevó a esa cena en la que también estaban Ballard, Aldiss, Phillip José Farmer (1918 – 2009) y Robert Sheckley (1928 – 2005)”.
Souto sonríe.




"Forry" Ackerman


Sabe que esa larga lista de notables escritores anglosajones de ciencia ficción que conoció deja anonadado a cualquier lector del género, pero aún hay más. “En el congreso de Río de Janeiro también estuvo Fritz Lang y vi Metrópolis sentado entre él y ‘Forry’ Ackerman. Toda una experiencia: Lang con un parche en el ojo y hablando solo durante toda la proyección de su película, sobre todo insultando, porque no era su montaje”.
Ackerman, el amigo en común que tenía con Bradbury, “tenía ese tipo de amistades, por ejemplo era muy amigo de Béla Lugosi y de Boris Karloff. Bela Lugosi le había regalado el anillo de Drácula y Ackerman iba a las fiestas con ese anillo”. Sobre Ackerman explica que era “agente sobre todo; compraba y vendía libros y tenía una mansión llena de materiales extraordinarios”. Como era muy amigo de Fritz Lang, este “le había regalado la robotrix, la robot de Metrópolis y la tenía al lado del escritorio”, cuenta Marcial Souto.
Mira el reloj y dice que está llegando tarde y que lo disculpemos. El mozo le cobra y nos mira enojados porque Mariana y yo no hemos consumido. Es que la entrevista nunca dio pausa. Mari toma la cámara y nos saca una foto. Salimos a la calle y Marcial Souto se despide rápidamente. Lo vemos alejarse avenida 18 de Julio arriba, como desandando el tiempo, bajo los viejos plátanos pelados por el invierno.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017



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Gracias. (07/08/2017)