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sábado, 23 de septiembre de 2017

Crónica de un viaje a España (I)








Madrid, 5 de julio de 2017


Sentado en la cafetería La Concha, de la calle madrileña de San Bernardo, tomándome una caña de cerveza mientras espero que me traigan el menú, empiezo la tarea de tratar de reflejar lo que he vivido hoy. Nada extraordinario, por suerte. De fondo suena Miguel Bosé con su “amante bandido”. Me traen el primer plato: papas, bueno, patatas, a la riojana, acompañado de una caña de cerveza “Cruz campo”. Al fondo una máquina “tragaperras” te invita a jugar a El Dorado. La ira de Dios de Aguirre campea por toda la ex capital imperial como un antiguo eco. Algunos de esos viejos signos, casi borrados, todavía son visibles. Para captar otros se necesitaría un radiotelescopio. Pero ni siquiera los imperios pueden vivir del pasado.








Las patatas eran como una comida para el invierno, con pimentón y trocitos de chorizo colorado. Luego me trajeron “pescadilla”, y pensé enseguida si no sería una de las pescadillas que en cardúmenes se las pesca en el Río de la Plata exterior. También me dio para pensar que tal vez era una especie similar; una pescadilla del Mediterráneo o tal vez del Atlántico Norte que aquellos primeros pescadores venidos de la península ibérica a la Banda oriental le llamaron igual.
Reviento; de postre me traen ensalada de frutas que entre otras tiene kiwi y ananá. Además de que pedí otra caña. Estoy sentado cerca de una ventana y veo pasar un grupo de muchachas de bermudas y polleritas, que pasa risueña calle abajo. Me había olvidado: es verano y los estudiantes están de vacaciones.








Aquel primer día en Madrid había estado movido. Después de la aventura de cambiar varias veces de metro para llegar desde el aeropuerto hasta el hostal, había salido a dar una vuelta por la Gran Vía. Más tarde, mientras me preparaban la habitación, bajé a almorzar a la cafetería La concha, que quedaba estratégicamente en la planta baja del mismo edificio.
Después de la siesta que me eché esa tarde, el tiempo, que había estado templado y agradable, cambió, subiendo la temperatura. Así que cuando salí a la calle a eso de las ocho de la tarde, que por suerte todavía era de día porque en España tenían una hora adelantada, me morí de calor. De pantalones y championes en vez de bermudas y sandalias, caminé San Bernardo arriba hasta la Calle de Alberto Aguilera. Dejé atrás la Glorieta de Ruiz Jiménez, una plazoleta con fuentes con chorros de agua, que está cortada en dos por la calle, y pasé frente a la alargada plaza del Conde del Valle Súchil, adornada en su inicio con esbeltos ginkgos. Esa misma mañana había estado allí cuando fui la librería Marcial Pons a comprar algunos libros de historia social.









Siguiendo por la Calle de Alberto Aguilera vi una tienda de drones y de robots. Tenían en vidriera a un viejo Asimo de Honda que andá a saber si funcionaba. Tal vez lo tenían como un costoso maniquí pasado de moda. Como un teléfono Nokia de botones era exhibido el pobre robot bailarín.





Caminé por la sombría avenida, bordeada de plátanos altos y jóvenes, buscando La Casa de las flores donde en 1936 vivió Pablo Neruda. Cuando busco a quien preguntar algo en la calle trato de elegir. Ni muy friquis ni con cara de tuje. Pero a veces no hay más remedio, así que me acerqué a un veterano bajito de musculosa que paseaba dos perros chicos.
¿Para dónde queda la Moncloa?, pregunté. El petiso frenó de golpe y los cuzcos le dieron un tirón de las correas.






Madrid, 6 de julio


En la pieza del hostal. La encargada me calentó agua para tomar mate. Lo necesitaba. Hacía dos días que no tomaba. Ayer sobre la medianoche empezó a llover y ahora pasado el mediodía sigue lloviendo. Por suerte menos, como para que la gente pueda andar sin paraguas o las golondrinas volver a volar sobre mi techo. Estas últimas son hermosas. Más delgadas que las de Sudamérica, ayer cuando llegué a Madrid fueron las primeras en recibirme.
La noche ha hecho que olvidara muchas cosas sobre las que había decidido escribir.  Pero como me dijo Horacio, un amigo, hay momentos para vivir y otros para escribirlos; pero la mayoría hay que dejarlos simplemente pasar.
En la pieza puse aquel disco de El último de la fila que escuchaba en Porto Alegre en 1994, Astronomía razonable. Por la ventana se ve el viejo Palacio de Parcent, del siglo XVIII, que funciona como juzgado. En internet veo que tiene un patio en el fondo. Pienso en el jardín florido y las bellas flores que crecen allí.
Una amiga me ha escrito hace un rato desde Croacia. Está visitando el país de su abuelo, con su padre y su familia. Se acordó de mí cuando visitaron la casa donde nació Nicolás Tesla. El inventor quería enviar electricidad a su familia a través de la atmósfera. Yo envío saludos no sé si por el aire o por fibra óptica.


Había quedado en mi relato cuando el día anterior le había preguntado al hombre en la calle con los dos perritos negros donde quedaba la Moncloa. Aquel veterano abrió grandes los ojos. Rápidamente dije que no quería ir a la casa de gobierno sino en verdad buscaba La casa de las flores, las viviendas donde vivió Pablo Neruda. Estaba cerca, me dijo. Aquella calle transitada que veía era la de La princesa. Una antes debía doblar a la derecha. Agradecí al madrileño por su amabilidad y caminé un par de cuadras.








 Allí estaba la mole, ocupando toda una manzana. Sus ventanas antiguas, regulares, con postigos pintados de verde. En una esquina los balcones tenían flores. En las cuadras largas del rectángulo no. Al doblar en la siguiente esquina vi el jardín interior que asomaba a la calle por el medio de la cuadra. Tenía muchos árboles y el pasto crecido.






El hombre de los perros me había dicho que Neruda no vivió en La casa de las flores. Que había visto una placa en un edificio cercano, donde se leía que el poeta había morado precisamente ahí. Qué pícaro mentiroso, pensé, este Ricardo Eliécer Neftalí Reyes. Me reí recordando que Pancho, mi amigo chileno que vive en Seattle ya me lo había advertido.
Pero después encontré una placa grande en un edificio frente a la Casa de las Flores que decía que en ese edificio había vivido el novelista Benito Pérez Galdós. Así que tal vez el señor de los perritos se equivocaba y después de todo Neruda no nos había hecho el verso.







Después de rodear La casa de las flores caminé hasta el Parque del oeste. Para llegar hasta allí pasé antes frente a un edificio enorme y pomposo de la fuerza área que tenía en exhibición un avión norteamericano, quizá de la época de la guerra de Vietnam. En las escaleras del ministerio los jóvenes charlaban o miraban las pantallas de sus teléfonos. Enfrente, al otro lado de la avenida ancha, un edificio negro con arcadas se imponía con su masa. Más allá se veía un enorme arco del triunfo y detrás un parque del que sobresalía una torre metálica, coronada con un mirador en forma de plato.







Cuando llegué al parque pude ver entre los árboles una sierra lejana. Emocionado pensé que tal vez fuera la Sierra de Guadarrama que conocía por los relatos de Rafael Alberti en su Arboleda Perdida. En ese libro cuenta que durante su juventud, estando enfermo de los pulmones, dejaba abiertas las ventanas de su habitación para que entrara el aire helado del invierno. Esa vieja creencia de que el aire puro curaba la tuberculosis. Increíble. Entonces desde su cuarto, su helada “leonera”, como la llamaba, se podía ver la Sierra de Guadarrama. Ahora a través la neblina amarilla del smog estival, podía ver los mismos montes albertinos. Luego mirando un mapa me di cuenta de que la sierra queda al norte de la ciudad.




En el parque pude ver inmigrantes de extremo oriente. Unos, tal vez serían birmanos, jugando al dominó con fichas de plástico verde y otros quizá, indonesios, con sus niños jugando en el césped al bádminton. Con movimientos precisos los chiquilines pasaban sobre la red esa pelota curiosa con plumas de plástico que se frena en el aire. Vi también que había niñas y niños españoles jugando con ellos.




Caminé por una pendiente cuando oí a las cotorras del sur. Me detuve y las busqué con la mirada entre las copas de los pinos marítimos. En Uruguay hacen sus nidos sobre los eucaliptos y en España, que han sido introducidas, anidan en los pinos. Tal vez se escaparon de sus jaulas o simplemente alguien que las trajo de contrabando las soltó. Es lindo verlas volar entre los árboles, a esas también inmigrantes, pero del Río de la Plata.





Bajé la loma y llegué a una avenida que a esa hora tenía poco tránsito. La crucé y pasé al otro lado del parque. Un hombre cepillaba un perro blanco dejando montones de pelos que volaban con la brisa. Busqué entre la vegetación las casamatas de la guerra civil pero tampoco puse mucho empeño. Malditas guerras civiles. En ese parque y más allá en la ciudad universitaria la República mantuvo sus posiciones ante el embate fascista que desde las colinas bajaba hasta Madrid.





Caminé por los senderos, observando a las urracas blancas y negras que avanzaban dando saltitos en el suelo y a algún que otro lorito verde y amarillo que quizá también era introducido. Cada tanto había parejas descansando en la hierba. Las más jóvenes se besaban y las mayores charlaban o bebían vino. Si, una pareja de cincuentones tenía entre sus cosas una botella de tinto recién abierta. Me gustó esa costumbre de ir a charlar y a tomar un poco de vinito a la sombra.
Dando vueltas llegué hasta un terraplén desde donde se veía, entre los arbustos, la vía del tren y más allá unas colinas largas y marrones. Creo que eran lo que se conoce como Casa de campo, desde donde la artillería franquista bombardeaba la ciudad sitiada. Durante el asedio de la Madrid los barrios que yo había recorrido un rato antes habían sido desalojados. Pablo Neruda cuenta en uno de sus libros de memorias que por los bombardeos tuvo que abandonar su apartamento en la Casa de las flores. En ese libro relata cómo fue con el poeta Miguel Hernández a ver si podía rescatar alguno de sus libros, pero cuando llegó a su casa encontró que esta estaba hecha una ruina. Soldados de ambos bandos habían entrado y robado todos los recuerdos que había traído de Java y de Ceilán. Lo que había quedado estaba tirado, sucio y roto por el suelo. Miguel Hernández le preguntó si quería llevarse algo, pero Neruda dijo que no. Dieron media vuelta y se fueron, sin llevarse nada.
Esa no era mi situación. Yo sí que había encontrado y tomado lo que la ciudad pudo ofrecerme en ese primer día de visita.
Me despedí del paisaje agreste, subí por los senderos hasta la avenida y volví por otro camino lejos de los arcos de triunfo franquistas y de las ínfulas militaristas de los ministerios, extraviándome a ratos, hasta que pude orientarme y encontrar la calle Aguilera. Pasé frente al robot dormido, a la plaza de los ginkgos, a la rotonda de las fuentes y bajé por San Bernardo hasta el hostal. Aún volaban las golondrinas en el cielo oscurecido. Se había nublado. No sería raro que lloviera, pensé. Y así ocurrió.






Parecía que tenía que visitar la Puerta de Alcalá. Ir a Madrid y no conocerla lo dejaba a uno casi en la condición de turista indolente. Tracé más o menos un itinerario y salí del hostal. Tomé por la angosta Calle del Pez, y atravesé un viejo barrio de intrincadas calles, reliquia de la villa medieval, pero no me gustó mucho.








Parecía esos ambientes caza turistas. Una mujer flaca, de rostro blanco y demacrado, tal vez una adicta a la heroína, me llamó “guapo” y me pidió una moneda. Me disculpé y seguí caminando. En el mapa había visto una iglesia de los alemanes, y al doblar en una esquina me topé con ella. Ocupaba una pequeña manzana, de la que parecía sobresalir en ángulos afilados con sus piedras de caliza amarillenta.





Unas cuadras más adelante salí a la Gran Vía y su incesante tráfico de vehículos y personas. Ahora el problema era deducir la dirección correcta. ¿Calle arriba o calle abajo? Decidí remontar la suave cuesta, observando los grandes edificios de los años treinta que me recordaron los de alguna avenida de Buenos Aires.
Al llegar a una zona donde estaban reparando tal vez una de las líneas del metro, doblé hacia la derecha. A lo lejos ya se veía la fuente de la Cibeles. Qué extraño el monumento más famoso de la imperial y muy católica Madrid sea la antigua diosa madre de las aves y las abejas. Como una María cristiana gobernaba un pesado carro celta tirado de leones, símbolo de la monarquía y del mismo Cristo.





Sin embargo no le presté mucha atención. Más bien me preocupé por cruzar la avenida que envuelve la rotonda donde se encuentra la fuente y el monumento. Enfrente estaba el edificio de las comunicaciones con un cartel, sospechosamente hipócrita, en el que se daba la bienvenida a los refugiados de la guerra de Siria.





Pero no llegué a la Puerta de Alcalá. Vi un pub irlandés y me metí en él. Todo para probar una cerveza negra Guinness. Hacía como quince años que no tomaba una. Sobre la calle el pub tenía unos vitrales de colores con personajes famosos de la historia del siglo XX de Irlanda. Distinguí a James Joyce y a Éamon de Valera, presidente de Irlanda y uno de los líderes del movimiento por la independencia.



Elegí sentarme contra la ventana para ver pasar a la gente. Una gran variedad de personas pasaban caminando y casi todas miraban para adentro del bar. Mientras esperaba que viniera el mozo me entretuve viendo los vehículos que pasaban avenida abajo. Pasaron un par de ómnibus turísticos con los toldos puestos por la lluvia, con los turistas sacando fotos. Vi una mujer china conduciendo una BMW negra; cuando su auto pisó un pozo esta saltó en su asiento. Afuera seguía lloviznando. Por suerte me había comprado un paraguas en un bazar chino, tres veces más barato que en una tienda.
El mozo hablaba con dificultad el español. Le pregunté de dónde era y me contestó que rumano. Le pedí que me trajera una pinta de Guinness. Me resultó suave, con poco lúpulo y espuma cremosa. De fondo sonaba One, de U2. Por fin un lugar con música en inglés, pensé. También pasaron temas de Iggy Pop y Patty Smith.




Para comer, gazpacho como primer plato. No me gustó y no terminé el tazón. La moza, tal vez centroamericana, puso cara de preocupación cuando le dije que no quería más. Después “churrasco al chimichurri”. Venir hasta acá a comer carne y además, con chimichurri picante. Sólo yo.
“One love”, sonaba en el pub. Afuera la llovizna había parado y hasta había salido un poco el sol. Bueno, me dije, iremos a ver esa puerta de Alcalá y a cantar su canción.

Daniel Veloso











sábado, 2 de septiembre de 2017

Cómo se reescribe la historia. El rescate de los hombres de Shackleton





Sólo puede haber lugar para un héroe



Daniel Veloso



EL INVIERNO DE 1916 avanzaba y ya se habían realizado tres intentos de rescatar a los hombres del explorador británico Ernest Shackleton que habían quedado varados en la Isla Elefante, en la Antártida. Uno de esos intentos lo protagonizó Uruguay cuando envió un barco en auxilio de los náufragos pero el hielo que rodeaba la isla impidió el rescate. Hasta que la suerte acompañó al cuarto intento y los marinos pudieron ser rescatados por una expedición que envió Chile al mando del marino Luis Pardo Villalón, conocido en ese país como “Piloto Pardo”. Sin embargo esta historia, contada por el propio Shackleton a la prensa de la época y luego registrada por el explorador en un par de libros, nada dice del rol del piloto chileno, que gracias al conocimiento que tenía de aquellos mares condujo su pequeño barco hasta la isla Elefante.


En el XIV Encuentro de historiadores antárticos latinoamericanos realizado del 1 al 3 de octubre de 2014 en Montevideo, los historiadores chilenos Nelson Llanos y Olivia Canales presentaron ponencias sobre cómo se omitió en la prensa anglosajona la participación chilena en el rescate de los expedicionarios y cual fue el rol de Shackleton en dicha omisión.





El historiador Nelson Llanos ha estudiado cómo se omitió en la prensa anglosajona la participación chilena en el rescate de los expedicionarios y cual fue el rol de Shackleton en dicha omisión.
Ernest Shackleton, explorador británico de origen irlandés, había zarpado de Inglaterra a bordo del Endurance el 8 de agosto de 1914 con el objetivo de  cruzar la Antártida de un extremo al otro, desde el Mar de Wedell hasta el Mar de Ross, frente a Australia. Shackleton ya había integrado en 1908 la expedición Nimrod al polo sur y había quedado a sólo 180 km. de alcanzarlo. Cuando el noruego Roald Amundsen logró la hazaña de llegar al polo sur el 14 de diciembre de 1911, a Shackleton sólo le quedó el reto de ser el primer hombre en cruzar el continente antártico. Otra vez más la suerte no estaría con él ya que en enero de 1915 cuando intentaba llegar a la costa antártica, su barco quedó atrapado por el hielo. La tripulación debió pasar el invierno en condiciones de frío extremo esperando que el Endurance consiguiera liberarse, cosa que no ocurrió ya que la embarcación no resistió la presión del hielo y tras ser aplastada se hundió.





Viendo arruinados sus planes Shackleton optó por llevar a su tripulación de regreso a sus hogares. Durante días avanzaron por el hielo flotante arrastrando los botes salvavidas hacia el norte, tratando de acercarse a alguna isla antártica para desde allí buscar ayuda. Al ver que sus hombres estaban agotados por el esfuerzo, Shackleton ordenó que montaran un campamento. Luego de permanecer allí por varias semanas, el hielo de la banquisa comenzó a quebrarse y así pudieron lanzar los botes al agua. Después de remar sin parar durante siete días, padeciendo frío y hambre, la tripulación consiguió llegar el 15 de abril de 1916 a la isla Elefante. Por fin pisaban tierra firme tras dieciséis meses de estar a la deriva sobre el hielo. Como la isla estaba fuera de las rutas marinas la posibilidad de un rescate era casi nula. Entonces Shackleton escogió a cinco de sus hombres y partió en uno de los botes hacia las islas Georgias del Sur. Tras navegar 1.500 kilómetros en uno de los océanos más bravos del mundo alcanzaron las escarpadas islas. Pero aún no estaban a salvo. Los exhaustos marinos todavía tuvieron que recorrer cuarenta kilómetros por tierra para llegar a un puerto ballenero donde finalmente consiguieron auxilio. Días más tarde en un pequeño vapor Shackleton intentará rescatar a los hombres que habían quedado en la Isla Elefante pero el hielo se lo impedirá.





Sin rendirse, viajó a las islas Malvinas y desde allí envió un pedido de socorro, pero Gran Bretaña, inmersa en la Primera Guerra Mundial, no pudo ayudarlo. Entonces solicitó ayuda al gobierno uruguayo y este envió en junio de 1916 al pesquero “Instituto de Pesca Nº. 1” al mando del Teniente de Navío Ruperto Elichiribehety. La expedición estará muy cerca de salvar a los náufragos pero el hielo una vez más se interpondrá.





Desesperado, Shackleton viajó a Punta Arenas, en Chile, y consiguió por intermedio de la masonería, a la cual pertenecía, arrendar una goleta, la Emma, sin embargo con ella tampoco logró el salvataje. Incluso los témpanos dañaron la embarcación y tuvo que volver al sur chileno.
Una vez más Shackleton pidió ayuda, obteniendo que Chile le facilitara un nuevo navío, la escampavía Yelcho, que al mando del Piloto Pardo y gracias a que el hielo se había retirado frente a la Isla Elefante, conseguirá liberar a los náufragos el 30 de agosto de 1916.





FUERA DE LA FOTO. El historiador chileno Nelson Llanos de la Universidad de Ohio, investigó cómo la prensa estadounidense y británica informó sobre el rescate de la tripulación de Shackleton y sobre cómo omitió referirse a la figura del Piloto Pardo. Llanos utilizó como fuentes los  periódicos de Estados Unidos, New York Times y Washington Post, y los británicos Times y Daily Mirror, entre otros. En los diarios encontró que “se destaca bastante el rol que jugó Uruguay al intentar rescatar a la tripulación, sobre todo porque el Reino Unido, que estaba en plena Guerra Mundial no hacía tantos esfuerzos para rescatarlos como así lo hizo Uruguay y Chile”.

Sobre el marino chileno descubrió que “de un total de ciento veinte artículos recopilados de la prensa anglosajona, cinco mencionan el nombre del Piloto Pardo: cuatro estadounidenses y uno británico”. Llanos contó que sólo en una nota del Chicago Tribune se destaca al piloto “como el artífice del rescate”. En esa nota el propio Shackleton “reconoce que sus hombres fueron rescatados por Pardo”. Sin embargo al poco tiempo de dejar Chile el explorador dejó de mencionar al capitán de la Yelcho. Nelson Llanos no tiene dudas: “esa tendencia de la prensa anglosajona de minimizar la actuación del Piloto Pardo es en gran parte responsabilidad del propio Shackleton”.





El historiador explicó que en el diario personal del explorador en un comienzo “reconoce que Pardo tenía gran habilidad para navegar y que este fue el responsable del rescate”, sin embargo más adelante comienza a omitir al marino chileno y en cambio escribe vagamente en plural “nosotros rescatamos a la tripulación; pero no dice que en realidad era un pasajero más en la Yelcho”. Llanos explica que esta omisión “ha sobrevivido a lo largo de los años en la historiografía anglosajona” sobre todo porque esta utiliza como fuentes las obras que el explorador publicó luego de la Primera Guerra Mundial y que “van a ser la base de los libros que vendrán durante todo el siglo XX”. Apenas en “South”, el libro donde relata su desafortunado viaje de exploración, Shackleton mencionará al Piloto Pardo, “pero sólo en la introducción y en apenas dos líneas”.




Llanos siguió el rastro de esta exclusión en muchos de los libros que en los últimos años se han publicado sobre Shackleton y en ellos no encontró “ni una sola mención del Piloto Pardo”, salvo en el libro “Shackleton: By Endurance We Conquer”, de Michael Smith, de 2014. “Es un libro diferente a todos, donde el autor trata de desmitificar la figura de Shackleton y aparece la figura de Pardo, no sólo una vez, sino que muchas veces”. Explicó que allí se afirma que Pardo comandaba la Yelcho “y que Shackleton iba sólo como pasajero; es más, el autor duda de la capacidad como navegante de Shackleton y de sus condiciones de liderazgo, que es lo que siempre se ha destacado del explorador”, concluyó el historiador chileno.





Revista Sucesos N° 732 del 5 de octubre de 1916.
Fotografía proporcionada por la historiadora Olivia Canales.



EN UNA CÁSCARA DE NUEZ. La historiadora chilena Olivia Canales insistió también en que se debe recuperar la memoria del Piloto Pardo. La historiadora realizó una investigación hemerográfica, estudiando las revistas chilenas de la época como Zig-Zag, Sucesos y Pacífico Magazine.
Enseñó una ilustración satírica en la que se ve al piloto Pardo con Shackleton en una cáscara de nuez, en referencia a la fragilidad de la Yelcho, el pequeño guardacostas en el que se realizó el salvataje. Explicó que la sátira se debía a que la Yelcho no tenía las condiciones para una aventura en el antártico, ya que no tenía radio, luz eléctrica ni un casco que la protegiera del hielo. 
Canales halló una entrevista publicada en octubre de 1916, que se le hiciera a Pardo y a otros miembros de la tripulación de la Yelcho cuando llegaron triunfantes a la ciudad de Valparaíso. La historiadora contó que se le preguntó al marino “si Shackleton le había indicado la ruta para rescatar a los náufragos, y Pardo dijo que no, que se guió por la carta polar”. Cuando le preguntaron al jefe de máquinas quién dirigía la nave, este contestó que Pardo lo hizo durante todo el viaje.






La historiadora contó que hay otros textos que reafirman el papel del piloto Pardo en el rescate, en cuanto a su habilidad para la navegación, y que dicen que Shackleton notó lo buen navegante que era Pardo cuando la Yelcho remolcó la goleta Emma al comienzo del tercer intento de rescate. También que Shackleton insistió para que fuera Pardo el que dirigiera la Yelcho en el cuarto intento.
Canales leyó un texto en el que se transcribe un diálogo entre el explorador británico y el piloto chileno, en el que el primero duda sobre la capacidad del barco para realizar el rescate: “me parece que en esta cáscara será imposible” dijo Shackleton, a lo que el marino chileno contestó: “Sí, nos vamos en esta cáscara a la Isla Elefante y usted verá que la Yelcho y sus hombres se portarán bien”, leyó la historiadora.






SOLIDARIDAD CON UN HERMANO. Uno de los asistentes al encuentro de historiadores antárticos le preguntó al historiador Nelson Llanos si era cierta la versión de que tanto Ernest Shackleton y el Piloto Pardo eran miembros de la masonería. Llanos explicó que hay varias referencias a que se lo intentó ayudar “no sólo como explorador sino que también como hermano”. El escritor argentino–chileno y Gran maestro masón, León Zeldis Mandel, afirma en un texto al que se puede acceder en Internet, que Shackleton perteneció a dos logias en Inglaterra y que en una de ellas, la “Guild of Freemen” ascendió a Maestro Masón. También afirma que Luis Pardo Villalón era miembro de una logia de Valparaíso desde 1911. Eso explicaría que Pardo llegara a ofrecerse como voluntario para dirigir la Yelcho hasta Isla Elefante.
Nelson Llanos contó que el primer intento de auxilio que se le brindó a Shackleton desde Chile (el tercero en orden cronológico), la expedición que salió de Punta Arenas a bordo de la goleta Emma, “tuvo una participación importantísima de la masonería”, aunque esto, “no lo dicen las fuentes directamente”, aclaró el historiador.






Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017



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Gracias. (02/09/2017)



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