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jueves, 11 de enero de 2018

Crónica de un viaje a España (III)



La Gran Vía, Madrid. En la esquina derecha, casi tapada por la bandera,
 se ve la estatua que menciono al final de esta crónica.


3ª parte.


Escrito en Montevideo, entre el 5 de diciembre de 2017 y el 11 de enero de 2018
(Sobre el viernes 7 de julio de 2017)



A la noche volvió a llover sobre Madrid. Recuerdo haber visto desde el diminuto balcón del hostal una pareja de turistas borrachos discutiendo, abajo en la calle. Ella sostenía un paraguas, mientras su acompañante, mayor que ella, se mojaba. Él quería seguir en dirección a la Gran Vía, pero ella no. El tipo, canoso, medio pelado y con panza, era el que llevaba los pantalones, o eso era lo que él creía. Caminó un par de metros y se detuvo en la esquina. La mujer, de pollera corta, se quedó bajo el alero de la frutería cerrada. Parecía llorar. Mientras el hombre se siguió mojando. Dio unos pasos hacia ella y la llamó conciliador. La mujer esperó un poco y luego comenzó a caminar con dificultad por la acera resbaladiza hasta él. Este le pasó un brazo sobre los hombros y juntos se perdieron calle abajo.






San Bernardo se quedó tranquila después de esto. Cerré la ventana porque entraba aire fresco y me puse a armar la valija. A la mañana temprano tenía que estar en Charmartín para tomar el Tren Negro a Gijón. Puse la valija sobre la cama y empecé a guardar la ropa. Coloqué el paquete con yerba y lo sujeté con una tira. Di la vuelta a la cama y fui hasta la mesita de luz. Allí tenía los tres libros que había comprado en la librería Marcial Pons. Como me preocupaba no pasarme de peso en el vuelo de regreso me había propuesto no comprar demasiados libros. De igual manera estos salían bastante caros así que eso me ayudó a elegir sólo unos pocos. 







Había buscado a la Marcial Pons, que por fortuna quedaba cerca del hostal, porque justo unos meses antes de viajar me había topado con un video en YouTube, donde presentaban un libro homenaje al historiador español Manuel Pérez Ledesma en esa mismo librería. Yo ya tenía de Pérez Ledesma el libro “El obrero consciente”, una colección de ensayos sobre cómo se organizaron los trabajadores españoles durante la segunda mitad del siglo XIX hasta la revolución de Asturias de 1934.
Pérez Ledesma es un historiador, si se quiere rebelde, que junto a sus compañeros de generación cambió la manera de estudiar el movimiento obrero. Esto ocurrió durante la última década de la dictadura franquista y luego en las décadas que siguieron al regreso de la democracia en España.





El aquel video de Youtube del homenaje a Pérez Ledesma aparecían dos de sus amigos, también historiadores: José Álvarez Junco y Santos Juliá. Otro de sus amigos, que no estaba ese día en el homenaje, el periodista y escritor Leopoldo A. Moscoso, llamó a ese trío la Escuela revisionista de Madrid. Término que como toda etiqueta, por más que te la pongan los amigos, no es aceptado por estos historiadores.
Curioso fue aquel día en que estaba en la librería, ver entrar a una de las personas que se encontraba presidiendo la mesa en el homenaje y que yo había visto en el video. Era gracioso. ¿Había volado miles de kilómetros para ver en persona a ese señor? Me reí por dentro. En realidad no, pero no dejaba de tener gracia. Sonriente, saludé al señor, que no sabía muy bien si era el dueño o un administrador de la librería. Después me enteré que su nombre es Carlos Pascual del Pino y que es director de la Librería de Humanidades (porque antes la Marcial Pons se especializaba sólo en Derecho), desde su fundación en 1970.  A partir de 1999 dirige las ediciones de Historia de la firma.
Lo saludé a del Pino y le conté que lo había visto en Youtube y que había venido desde Uruguay (esto sí en parte es cierto), a comprar el libro homenaje a Pérez Ledesma. Algo extrañado me contó que cada tanto llegaba algún visitante uruguayo a la librería, sobre todo me hizo referencia a un ex presidente aficionado por la historia. Claro que yo sabía de quien se trataba. Luego de intercambiar algunas palabras más me saludó muy educadamente y se dirigió hacia el fondo del local.







Acomodé la ropa en la valija para hacer lugar a los libros. Tomé la bolsa de papel y guardé el de Pérez Ledesma junto a sus compañeros. Estos eran un manual de Santos Juliá sobre historia social y sociología histórica y una historia de los hombres en el siglo XX de Josep Fontana. Este historiador catalán vivía en Barcelona y yo tenía la esperanza de poder conocerlo cuando fuera más adelante a esa ciudad.







Por la ventana del hostal se notaba que había parado de llover. Prendí la tele del cuarto y me metí en la cama. Eran casi las dos de la madrugada, pero en Uruguay apenas eran las nueve y los mensajes me caían en el celular. Mariana me contaba que se había puesto a cenar una rica polenta. Me mandó fotos de los gatos durmiendo al lado de la estufa de supergás. Mi hermano Alejandro me preguntaba si ya estaba en Barcelona, y mi amigo Gelhal me escribía para saber en qué andaba. Informé sobre mi situación geo temporal y todos me desearon buenas noches y un buen viaje al Cantábrico.
Pasé los canales de la TV hasta que me topé con el final de una película erótica italiana, donde muchas mujeres se deslizaban desnudas sobre un extasiado personaje masculino. Había dado con la escena apoteósica del final. Aparecieron los títulos de la película y apagué la tele, dejando atrás esa vieja cinta del destape español del que poco había logrado llegar a nuestro propio “destapecito” uruguayo, a mediados de los ochenta. Apenas Las aventuras de Pepe Carvalho, o Solos en la madrugada y un poco más.
La luz de la calle atravesaba las cortinas. El hostal estaba en silencio. Cada tanto se escuchaba el tan-tan del metro que pasaba por debajo de la calle, imposible de oír durante el día. Pasé la mano por debajo de la almohada y me dormí.








La luz amarilla de la mañana entraba como gloria por la ventana. Ay de mí, qué mal dormido que estoy, pensé. Me levanté como pude, me afeité y salí al pasillo en busca de agua caliente para hacerme un mate. Golpeé en la puerta de la administración y salió la señora bajita. Tal vez fuera oriunda de Galicia. Me recordaba a muchas señoras que había conocido en Montevideo cuando era cartero.
Había acertado mi amigo al sugerirme ese hostal. Me habían dado un cuarto cómodo, con una buena ducha y con vista a la calle. Además las personas que atendía fueron amables conmigo. Algo que me llamó la atención fue que un muchacho de la recepción se parecía a Federico García Lorca. Aquella mañana que llegué al hostal me lo quedé mirando. ¿Acaso todos los españoles se parecen a Lorca? Claro que exagero. Ese mismo día conocí a más tipos de madrileños, como al dueño de la cafetería La concha, un hombre bajito de lentes que trabajaba sin parar hasta la hora de cierre y a su ayudante, un flaco simpático que trabajaba sobre todo detrás de la barra.
Aquel doble de García Lorca me hizo recordar mis planes de visitar la antigua residencia de estudiantes donde tanto el poeta granadino, como Buñuel, Alberti y Dalí se conocieron. Hasta había buscado en el mapa, pero mi recorrido salió para otros lados, aunque creo que no llegué a estar muy lejos de la residencia de estudiantes.









De pie, Rafael Alberti, Luis Buñuel y Federico García Lorca. La mujer es María Teresa León.



Otra de las personas que trabajaba en el hostal era un señor mayor, calvo, de nariz grande y ojos pequeños, que me recordó a mi abuelo Salvador. Hablando con él una tarde me contó que era de Zamora, una provincia del noroeste de España, que limita por el norte con la provincia de León y al oeste con la provincia de Orense, además de con Portugal. Así que no era raro que me hiciera acordar a mi abuelo gallego.
Mientras conversaba con este hombre recordé cuando mi abuelo me recitaba, haciendo gala de su gran memoria, los nombres de todas las provincias españolas, siguiendo el orden que le habían enseñado en la escuela. También se sabía de memoria los ríos de la península ibérica, que con rapidez los nombraba en el orden aprendido, que podría sonar a algo parecido a esto, leído bien rápido: Tajo, Duero, Miño, Ebro, Guadalquivir, Guadiana, Guadalete, etc.




Con mi abuelo, ya hace unos cuantos años.


A pesar de que había escuchado varias veces a mi abuelo recitar las provincias, no recordaba a Zamora. Conocía sí al jugador chileno Iván Zamorano. Me explicó aquel hombre que esa provincia fronteriza tenía una población gallega al oeste y leonés-castellana al este. Él era de esta última, me dijo con aire de superioridad. Pero el zamorano, aunque “secote”, como mi abuelo, era un tipo amable y dispuesto a dar consejos.
Mientras hablaba con él sobre si visitaba a menudo las tierras donde creció antes de mudarse a Madrid, pensaba que esta estaba compuesta por un aluvión de personas emigradas de todo el país. Como sucede con Buenos Aires o con Montevideo. Yo me había encontrado un poco con este fenómeno en la capital española y lo notaba en el acento bastante neutro de las personas con las que hablaba, o por ejemplo que el mío no generara ni rechazo ni sorpresa. De hecho escuché a varias personas en Madrid hablando con el cantito rioplatense.






El zamorano me contó que su pueblo estaba bastante despoblado y que sus nietos y sobrinos casi no pasaban por allí. Además de que muchos de los terrenos estaban sin trabajar. Y eso que era tierra fértil, me explicó. Su hermano plantaba y sacaba buenas cosechas. Dije algo como que ese fenómeno del vaciamiento del campo también pasaba en Uruguay. Le conté que mi bisabuelo había nacido en un pueblito, en la provincia de Orense. Lo sabía porque en el 2000 había entrevistado a mi abuelo y había anotado el nombre de la aldea. Cuando busqué en Internet al pueblo en los mapas y lo encontré tierra adentro, a cien kilómetros de Pontevedra, casi me caigo de espaldas. Había sólo cinco casas y cuatro eran modernas. La única vieja se conservaba quizá como reliquia del pasado. Creo que era de esas típicas construcciones que están elevadas del suelo, sobre pilares, para proteger el grano almacenado de los roedores y de la humedad.
Cuando le conté al zamorano este me dijo que no importaba que el pueblo casi no existiera, que debía ir allí, que me alquilara un auto pequeño, que era fácil llegar porque las rutas eran buenas. Pero es que no me parecía buena idea hacer ese tipo de viaje, casi religioso, al pueblito de mis ancestros. En el mapa se veían sólo maizales y montes plantados por alguna empresa forestal. No había dudas, el itinerario estaba trazado y no me apartaría de él, por lo menos al comienzo.







La señora bajita salió de la habitación donde los de la administración desayunaban, trayéndome el termo con agua caliente. Le pregunté si podían llamarme un taxi para ir a la estación de trenes, pero me dijo que no era necesario, que por San Bernardo pasaban muchos.
Agradecí por el agua caliente y volví a mi cuarto. Armé el mate y salí al balcón a despedirme del barrio. Enfrente, en el antiguo palacio de Parsent, ahora perteneciente al poder judicial, una funcionaria miraba aburrida por la ventana. A un lado, por la calle del Espíritu santo, una moto subía dando saltos por el empedrado.







Más lejos, a la altura de la Gran Vía, se veía una figura de metal, encaramada sobre el vértice de un edificio, que hacía recordar a un cristo o a un titán, y que parecía alzar sobre su cabeza un objeto que podría ser un libro.













  Después me enteraría que la estatua es de 1930 y que los madrileños la llaman “el romano”, y que lo que levanta es un pequeño templo. También averiguaría que puede ser una alegoría del ahorro.





Enceguecido por el resplandor, salí con cuidado del balcón, porque las losas del piso eran muy resbaladizas y regresé al cuarto para terminar de guardar las tres cosas que quedaban fuera de las valijas. Cerré la puerta de la habitación y fui a entregar la llave a la encargada. La saludé y le agradecí por el trato recibido. Luego bajé por última vez en el ascensor descangallado y salí a la calle. Allí me esperaba el calor del verano madrileño. No me libraría tan fácil de él. Paré un taxi, de esos pintados de blanco con una franja roja, como la camiseta del Rayo Vallecano o de la selección peruana, guardé las valijas en el baúl y me senté al lado del conductor.
- A Charmartín, a la estación de trenes- le dije. El chofer comenzó a doblar por una calle y me dije, “zas, este me va a pasear”. – ¿No es para el otro lado?- pregunté no muy convencido.
El tipo me miró y me dijo que íbamos bien. Bueno, estoy regalado, pensé, y me dispuse a ver la ciudad por la ventanilla.


















Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2018



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Gracias. (12/01/2018)










martes, 28 de noviembre de 2017

Donde casi no brilla el sol






Alan Stern es director de la misión New Horizons (Nuevos horizontes), la cual tras un viaje de nueve años sobrevoló, en julio de 2015, el hasta entonces inexplorado Plutón. Ahora Stern y su equipo se preparan para el siguiente objetivo, la visita en enero de 2019, por primera vez en la historia de la exploración espacial, a un objeto del Cinturón de Kuiper.








Daniel Veloso


NUEVE LARGOS AÑOS debió viajar la sonda espacial New Horizons para alcanzar Plutón. Sin embargo durante ese tiempo el científico planetario Alan Stern estuvo muy ocupado como para preocuparse de la espera: “las misiones previas a la New Horizons, como las Voyager (viajero), tenían un equipo de cuatrocientas cincuenta personas, en cambio la nuestra sólo tenía cincuenta; por eso estuvimos muy ocupados durante el trayecto y por lo tanto el tiempo pasó rápido”. De igual manera comentó entre risas que “en lo personal fue una larga espera”.
Cuando se anunció en 2006, año de su lanzamiento, que la sonda iba a llegar en 2015, muchos pensaron que al ser tan largo el viaje podrían surgir varios problemas para la misión, por ejemplo en la comunicación con la Tierra, como le ha ocurrido a varias naves no tripuladas que se han perdido porque no han podido orientar correctamente sus antenas. Stern explicó que el temor a perder el contacto con la nave siempre existió, “pero había otras cosas que temíamos más que eso, como por ejemplo que explotara el cohete durante el despegue, que nos equivocáramos en la trayectoria, que sufriera desperfectos, que no alcanzara el combustible o que alguien importante para el proyecto muriera; porque eran diez años por delante”, dijo enfático.
El Plutón que reveló la New Horizons fue una sorpresa tanto para el público como para el equipo de la nave. El nuevo mundo que fotografió la sonda espacial fue tan inesperado como el que encontraron los navegantes del siglo XVI. Alan Stern contó que tenían varios indicios “de que Plutón iba a ser científicamente fantástico, pero fue mucho más de lo que esperábamos ya que encontramos uno de los cuerpos más complejos y activos del sistema solar”. 





En las fotografías de excelente resolución que tomó la sonda se puede ver que la superficie de Plutón en algunas regiones está teñida de rojo, mientras que en otras es de un blanco brillante. Stern explicó la diferencia de colores: “el material rojo está compuesto por moléculas orgánicas cuyo nombre técnico es ‘tholin’ y es debido a la radiación solar actuando sobre los hielos de la superficie. Es como si tomara tinta roja y la mezclarla en un balde de nieve, entonces, toda la nieve se vuelve roja con sólo un poco de tinta”, agregó. En cambio señaló, las superficies brillantes son de hielo, porque mientras si por un lado en el interior de Plutón el principal componente es roca, “en la superficie es hielo de agua, que cubre todo planeta como un témpano gigante”.





Para saber cuál de esos terrenos es más antiguo, el ingeniero de la NASA explicó que se puede estimar la edad de estos contando el número de cráteres. “La técnica es la siguiente: si uno sale fuera cuando llueve con un papel y lo sostiene bajo la lluvia, cuanto más tiempo lo exponga más gotas dejarán marcas. Entonces, los cráteres son como los puntos que deja la lluvia, por lo tanto, comparando diferentes regiones de Plutón se puede saber la edad de cada una”. El resultado es un rango muy variado de edades que tiene la superficie: “hay algunos lugares que son tan antiguos como el planeta, con cuatro mil millones de años, completamente cubiertos de cráteres, mientras que hay otros que no los tienen, por lo tanto son muy nuevos, con el uno por ciento de la edad del sistema solar”. Aunque suene extraño eso significa que la superficie brillante del planeta enano se formó hace cuarenta y cinco millones de años, apenas un poco más de un día en el calendario cósmico.







UNA REGIÓN INEXPLORADA. Luego del encuentro con Plutón la NASA ha extendido la misión permitiendo al equipo de la New Horizons explorar la región del cinturón de Kuiper. Alan Stern explicó que a partir de ahora la nueva misión de la sonda tiene varios objetivos además del más importante, que es el sobrevuelo (flyby) del 1º de enero de 2019 sobre el objeto transneptuniano 2014 MU69. “Pero en el camino a ese objetivo estamos muy ocupados explorando otros objetos del cinturón de Kuiper y estudiando el ambiente de esa región, como ser la radiación, los gases y el polvo”. Contó que además la misión está usando un telescopio que lleva la nave “para observar otros objetos mientras pasamos cerca de ellos y en total examinaremos veinticinco objetos para compararlos con el que vamos a sobrevolar”.






El objeto, que aún no tiene un nombre “es muy pequeño comparado con  Plutón, con sólo cincuenta km de diámetro, pero se cree que se formó allí y siempre ha permanecido en ese lugar, en un ambiente extremadamente frío”. Stern describe al cinturón de Kuiper “como una suerte de morgue, que ha mantenido el cuerpo en su estado original”. Ese aspecto le interesa porque “será como ver en el interior de Plutón”. La información que proporcionará la New Horizons permitirá al equipo de la misión conocer la composición, la geología “y ver si tiene anillos o alguna luna alrededor”. Como nunca se ha visto un objeto del cinturón de Kuiper, “puede ser muy sorprendente lo que encontremos”. Por ejemplo, no se sabe la forma que tendrá el objeto, que probablemente tenga la forma irregular de un asteroide. “Tal vez sea como una papa, o como dos papas, porque objetos con forma de hueso de perro son muy frecuentes en el sistema solar”, aclaró. De lo que está seguro es que no será un cuerpo esférico como la Tierra o Plutón; “es demasiado pequeño”.



Caronte, la mayor luna de Plutón.



NAVES BARATAS E INTELIGENTES. Después de un viaje de más de nueve años para llegar a Plutón, la pregunta que surge es cuánto combustible le queda a la sonda para realizar sus maniobras. Alan Stern se siente confiado de que alcanzará para cumplir con todos los objetivos: “en 2006 empezamos la misión con 78 Kg. de combustible y dejamos Plutón atrás con el tanque por la mitad. Ahora nos queda un tercio y después del próximo sobrevuelo esperamos contar con un quince por ciento del combustible. Pero eso será suficiente para continuar operando científicamente durante veinte años”, dijo con optimismo.
Será importante la cantidad de combustible que reste luego del encuentro con 2014 MU69, porque de él dependerá que la New Horizons continúe estudiando el Cinturón de Kuiper. Región que ya fue cruzada por las Voyager, pero que en sí no fueron exploradas por estas sondas, aclaró el científico. Stern lo explicó así: “las Voyager no exploraron el cinturón de Kuiper porque cuando pasaron por él este todavía no había sido descubierto”. Reconoció que estas sondas “hicieron descubrimientos muy importantes en los planetas gigantes pero no en el cinturón de Kuiper, pero al igual que las Voyager la New Horizons va a seguir explorando muy lejos”.






Recordó que el proyecto de las Voyager contaba con un equipo de científicos e ingenieros muy grande además de que “era muy caro, con cinco veces el presupuesto de la New Horizons”. También eran muy diferentes en tamaño ambas naves: “la Voyager llenaría casi completamente un salón de clases de una universidad, mientras que la New Horizons es apenas mayor que una mesa”.
A Stern le gusta comparar ambos proyectos para dejar claro las ventajas de los nuevos exploradores del espacio profundo. Por ejemplo, utilizó la analogía de que en la década de los setentas, en que se construyó y envió al espacio a las Voyager, “una computadora llenaba una habitación y era muy cara, al igual que la Voyager. Hoy las computadoras son muy pequeñas y muy baratas, igual que la New Horizons”. Explicó que eso se debe al “avance de la tecnología”, que ha hecho que “cualquier celular es más poderoso que una computadora de los años setentas y con mucha mayor capacidad; del mismo modo la sonda New Horizons tiene mucha mayor capacidad que la Voyager y con un costo mucho menor”. Así como ocurrió con las computadoras, también ha sido el avance de las naves espaciales, agregó.
Aun habiendo cumplido uno de sus sueños, Alan Stern sigue involucrado en varias misiones de la NASA, así como también en proyectos del ámbito privado como Virgin Galactic y con una compañía de la que es cofundador, llamada World View, “que lleva en globos tanto a personas como a experimentos científicos hasta las capas altas de la atmósfera”.





En lo que respecta a la exploración del sistema solar, reflexionó sobre que es casi seguro de que “algún día encontremos vida en varios lugares del sistema solar; por ejemplo ahora estamos encontrando muchos lugares que tienen océanos por debajo de la superficie, incluyendo Plutón”.
Confesó que le encantaría enviar una nueva sonda a Plutón, e incluso a otros planetas enanos: “se podrían mandar muchas misiones New Horizons a otros cuerpos del cinturón de Kuiper, ya que con el avance de la tecnología se podrían hacer misiones más baratas y sondas más pequeñas. Pero antes me gustaría mucho volver a Plutón y dejar una nave en órbita”.
Por último se le preguntó qué lecturas le inspiraron en su carrera como ingeniero aeroespacial: “cuando era niño leí muchas novelas de ciencia ficción, pero lo que más me inspiró fue ver astronautas caminando en la Luna. Yo quería crecer y ser parte de ello”, afirmó Alan Stern.



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Luego de la entrevista, Alan Stern conversó con los jóvenes colaboradores de la ACM 2017.


El autor agradece por la traducción en simultáneo al Lic. Francisco López, del IFFC de la Facultad de Ciencias, UdelaR (que aparece de camisa roja en la fotografía).



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017


La entrevista a Alan Stern se realizó durante el congreso internacional ACM 2017 Asteroids, Comets, Meteors, que se llevó a cabo del 9 al 14 de abril de 2017 en Montevideo, Uruguay, y que contó con la presencia de los astrónomos más importantes del mundo en el estudio de los cuerpos menores del sistema solar.


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Gracias. (29/11/2017)


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jueves, 2 de noviembre de 2017

Crónica de un viaje a España (II)








2ª parte.


Escrito en Montevideo, el 20 de octubre de 2017
(sobre el 6 de julio de 2017)



Allí estaba, por fin, la Puerta de Alcalá. Siempre la imaginé en una avenida de Madrid, con canteros con flores amarillos y naranjas, como un imponente arco del triunfo. Pero en realidad la puerta tenía tres arcos unidos, adornados con cabezas de leones, a los que se les sumaban dos puertas más pequeñas en los extremos, sumando en total cinco vanos. La mole ocupaba el centro de una gran rotonda por donde pasaban veloces autos y taxis chirriando en el asfalto mojado.
Pasé por al lado de algunos turistas que se sacaban fotos con la puerta de fondo. Las nubes cargadas de agua habían oscurecido la tarde haciendo que se activaran los flashes de las cámaras y celulares. Me detuve en una esquina para sacarle fotografías a la puerta mientras esperaba que cambiara el semáforo para cruzar hasta el Parque del Retiro que con sus grandes árboles me invitaba a recorrerlo. Al llegar a la otra acera tuve que esperar que cambiara la luz de otro semáforo para cruzar al parque. Mientras me fijé en las enormes esculturas de yelmos y banderas, supuestos trofeos de guerra de un tal rey Carolo II, tal cual figuraba en la inscripción sobre el arco central. En números romanos aparecía la fecha 1778: se avecinaba el fin de una época para Europa y para el mundo, cuando ya se asomaba el siglo XIX en el horizonte.
Cambió la luz y comenzó un zumbido que avisaba a los no videntes que estaba el semáforo en verde. El zumbido, entrecortado, aumentaba su frecuencia a medida que se cumplía el tiempo para cruzar. Me gustaba ese sistema de los semáforos de Madrid. Con el oído uno sabía a qué altura estaba la “ventana” para cruzar. Si escuchaba que el zumbido iba como loco, con una frecuencia muy corta, metía pata y lograba cruzar justito. O de lo contrario frenarme y no cruzar. Ya no había tiempo.








Pasé debajo de unos viejos plátanos y al costado de una hilera de bicicletas de uso público y entré al parque. Atravesé los grandes portones de la entrada y caminé a lo largo de una senda con canteros con flores rosadas y rojas hasta llegar a una fuente con querubines montados en peces, que lo más probable, por sus picos, fueran representaciones de delfines.











Un poco más allá llegué a un lago artificial de agua verde. En la orilla opuesta, había otro colosal grupo escultórico con un aristócrata a caballo que dominaba el parque desde la altura. Al borde del lago artificial, sobre la baranda, esperaban las palomas las migas que le pudieran arrojar los turistas. Lo más probable es que en el agua, los patos, muchos con sus crías, estuvieran esperando lo mismo.









De pronto hacia el este apareció un rayo que se ramificó sobre las copas de los árboles y casi sin aviso empezó a llover. Abrí mi nuevo paraguas chino y me refugié bajo uno de los árboles al otro lado del camino. Los turistas y vecinos que frecuentaban el parque salieron huyendo hacia la salida. Otros se lo tomaron con más tranquilidad, como los que habían salido a correr. Al poco rato el chaparrón era un hecho y el arbolito no conseguía protegerme mucho. La tela del paraguas, saturada, dejaba pasar un hilo de agua que bajaba por la varilla y me mojaba la mano. Los últimos corredores pasaron a mi lado empapados hasta la médula. Hasta que quedé completamente solo en ese lugar, frente al lago.











Los rayos seguían, ahora por detrás del tipo encaramado a su caballo de bronce y me dije entonces que un parque no era buen lugar para estar durante una tormenta eléctrica. Además era tanta el agua que caía que se formaban pequeños arroyitos entre la graba empapándome los zapatos. Así que caminé bajo la lluvia hasta la salida. Saludé a los delfines de la fuente, avancé por el sendero con flores y salí del parque. Lástima, apenas lo había recorrido. Aproveché que estaba la luz verde y desandé el camino, pero no crucé a la vereda del pub, sino que seguí por la que venía, esquivando los charcos.






Más adelante había unos andamios con techo de madera, por una obra de construcción que se estaba haciendo en el Palacio de Comunicaciones, el edificio que está frente a la Cibeles, sobre el Paseo de la Castellana. Y allí me quedé con unas veinte personas que habían encontrado ese providencial refugio. Los que tenían paraguas no los cerraban, ya que las gotas caían entre los tablones del techo. Mientras, el temporal descargó su furia. El viento empujaba la lluvia casi horizontal pegando de frente a los vehículos que subían por la calle de Alcalá. 





Frente a mí, un torrente corría pegado al cordón de la vereda. Sabía que toda esa agua se juntaría alrededor de la rotonda donde estaba la Cibeles, así que habría que esperar que drenara un poco por las bocas de tormentas antes de intentar cruzar la avenida. Algunas personas que se guarnecían bajo los andamios, no quisieron esperar más y se tiraron a cruzar, dando saltos y levantando agua con cada paso. Por mi parte trataría de no empaparme los championes. En un par de horas tendría la cena con el astrobiólogo Ricardo Amils y su esposa, así que debía mantener el calzado lo menos mojado posible. Pero no pude esperar más y atravesé la larga galería de andamios hasta la avenida. Todavía llovía fuerte pero lo peor había pasado. Cuando la luz del semáforo cambió, me apreté contra el paraguas y crucé la calle dando saltos.



Montevideo, 21 de octubre de 2017.









Dos fotos retratan ese rato que estuve atrapado por el temporal, refugiado bajo los andamios del Palacio de comunicaciones. La primera es de una mujer, que aunque está bajo el techo de tablones, no ha cerrado el paraguas, al igual que las personas que se aprietan más al fondo de la fotografía, al final del pasaje techado. La mujer mira el temporal de lluvia y viento, en medio del ensordecedor ruido que hacen los neumáticos de los autos en la calle empapada. Todos los refugiados de la tormenta han tenido que suspender sus objetivos. Es día laboral en Madrid y muchos de ellos son trabajadores que esperan que amaine para volver a sus oficinas y comercios. Es que para los madrileños la “bomba de agua” fue una sorpresa.






La otra es una foto accidental, en la que aparece la punta de mis zapatos marrones, mojándose con las ondas que hacía el agua al correr acera abajo. Cada tanto tenía que levantar los pies para evitar que, como una piedra en un río de corriente rápida, hiciera de dique y el agua alcanzara el cuero.
Algo similar me ocurría bajando por la céntrica Gran Vía, ya que iba acompañado por una fina película de agua que descendía por la vereda. Pero a la gente con la que me cruzaba no parecía importarle mojarse. Vi muchos rostros sonrientes, sobre todo de adolescentes y turistas, que se tomaban para la risa haber quedado totalmente ensopados.
Una cuadra más y encontré la calle San Bernardo. Reconocí la esquina por un hotel y doblé hacia el oeste. Al llegar a una esquina vi que por una calle empedrada y muy empinada caía el agua en cascada. Me detuve un momento a contemplar la corriente que bajaba por la callejuela medieval.






En la vereda de enfrente me llamó también la atención el cartel de una farmacia. Deleuze era su nombre, igual que el apellido del filósofo francés. A un lado de la farmacia, con colores chillones, rojos y verdes, había un pub nocturno. Por el umbral se adivinaba una escalera que bajaba hasta el bar. En una ventana por encima, otro cartel anunciaba una agencia de detectives privados. El deseo y sus opuestos se concentraban extrañamente en el número 39 de la calle San Bernardo.
La luz encendida de la vitrina de una tienda que vendía bollos confitados me hizo acordar que se hacía tarde y que a las nueve de la noche me tenía que encontrar con Ricardo Amils para ir a cenar.






Llegué al edificio del hostal y subí al tercer piso. Pedí la llave en la administración, bromeé con la encargada sobre que me había mojado sólo un poco y entré a la habitación. Corrí las cortinas y contemplé los techos brillantes por la lluvia del viejo palacio de Parcent. Había dejado de llover. Me saqué los zapatos y los pantalones mojados y fui hasta el baño. Por suerte había un secador de pelo, aunque este se apagaba al minuto si uno lo usaba al máximo. Igual, en menor potencia sirvió para secar de a poco el calzado.
Como era verano todavía había mucha luz pese a la hora y eso engañaba a alguien que venía del invierno, donde a las cinco de la tarde se oculta el sol.
Me di una ducha, me vestí y salí al encuentro de mi amigo. La casualidad había hecho que él viviera cerca del hostal que me había recomendado un amigo de Barcelona. Caminé por San Bernardo pasando frente a la cafetería La Concha, por la casa de sushi y por el añejo auditorio de la Complutense, iniciando la subida hasta la Glorieta de Ruíz Giménez.





Me tenía preocupado el encuentro porque yo no había contratado servicio de telefonía en España. Estaba como en las viejas épocas. De igual manera por correo electrónico habíamos establecido un punto de encuentro: a un lado de un kiosco de revistas en una de las esquinas frente a la rotonda con fuentes. Pero si Ricardo se llegaba a retrasar el desencuentro sería una realidad. Sin embargo al llegar a la esquina, allí estaba mi amigo, con su barba blanca, de lentes, vistiendo un buzo verde de lana algo estirado y un paraguas cerrado en su mano. Podía ser perfectamente la imagen del científico típico, pero mi amigo está lejos de ese estereotipo. Químico de vocación, astrobiólogo por pasión, Ricardo Amils es una de las autoridades mundiales en el estudio de los extremófilos. Estos son unos microorganismos que pueden crecer tanto en aguas termales, como en una salina, en un reactor nuclear como en un ambiente ácido como lo son las aguas del río Tinto, en el sur de España. Ricardo estudió las bacterias de ese río de Andalucía, no lejos de Huelva, por muchos años haciéndose experto en el tema. Y fue así que la Nasa solicitó su ayuda para un proyecto que diseñara experimentos que buscaran vida en Marte. La sonda que llevará esos experimentos será la ExoMars 2020 de la Agencia Espacial Europea (ESA), y tendrá una perforadora capaz de llegar a dos metros de profundidad, ya que la posible vida bacteriana, al igual que la del río Tinto, debería encontrarse en el subsuelo marciano. De todo esto me enteré cuando lo entrevisté en 2009 en Montevideo, en un congreso de astrobiología.
Al planear el viaje a España, una de las primeras cosas que pensé fue en escribirle a Amils para vernos en Madrid. Y allí estaba él, ocho años después, con su voz ronca y su trato igualitario. Nos saludamos y empezamos a caminar por la calle de Alberto Aguilera, haciendo el mismo trayecto, pero por la vereda de enfrente, que había hecho el día anterior cuando visité la Casa de las flores y el Parque del oeste.






Mientras pasamos frente a la vidriera con el robot dormido, Ricardo me comentó sobre el verano atípico que estaban teniendo, con un julio lluvioso y un junio en que se habían cocinado en la ciudad con cuarenta grados de temperatura. Pero esa noche el aire estaba fresco y húmedo después de la tormenta.
Hice la referencia a la suerte que había tenido de elegir un hospedaje que resultó estar cerca de donde él vivía. Me contó que de San Bernardo hacia el oeste se encontraba el barrio Universidad y que hacia el este se llamaba Malasaña. Él había vivido toda su vida en el barrio Universidad me dijo. Bueno, toda no, porque Ricardo durante sus años de estudiante vivió en el exilio. Como a muchos de su generación que participaron en las protestas estudiantiles contra la dictadura de Franco, a fines de los sesentas, sus padres lo enviaron a estudiar al extranjero. Era eso o la cárcel. España entonces se sacó de encima a todos esos “revoltosos” y subversivos, expulsándolos a otros países. Irónicamente décadas más tarde el país se beneficiaría cuando muchos de esos estudiantes regresaron ya formados en las mejores universidades del extranjero.
Así fue el caso de Amils, que estudió primero en Argentina, donde vivió un par de años, y luego en Estados Unidos, donde conoció a su esposa. Una señora muy simpática que llegué a conocer en 2009 en Montevideo, también durante el congreso de Astrobiología. Recuerdo que los acompañé desde Ciudad Vieja hasta la calle Ejido. En el camino me pidió que la convidara con un mate. Creo que no le agradó mucho.
Recordaba que ella era profesora de inglés y que compartía conmigo el gusto por la ciencia ficción.
Antes de llegar a la calle de la Princesa doblamos hacia la izquierda y nos internamos en el barrio. Un par de cuadras y llegamos a un mesón gallego que tenía el bonito nombre de Rías Baixas. En la puerta nos esperaba Rosemary, la esposa de Ricardo. Nos saludamos, pero ella apenas se acordaba de mí.
Entramos al mesón que está instalado en lo que fue una casa de familia. La pareja saludó a los muchachos detrás de la barra y pasamos por un pasillo con mesas. Luego doblamos a la derecha y entramos a una habitación más grande. Ricardo eligió una mesa contra la pared.





El mozo es conocido por mis amigos. Tal vez sea venezolano, pensé. Me di cuenta de que ya tenían planeado agasajarme, porque al pedir las entradas y luego los platos principales, pidieron todas cosas distintas para que las probara. Por ejemplo, gallo, un pez aplanado parecido al lenguado pero de sabor más fuerte. Ni qué decir que el vino blanco, servido en jarra y distribuido equitativamente por nuestra amiga, era de Galicia. Al igual que los pimientos de Padrón, cocidos y con sal gruesa. De verde oscuro y con pequeñas verrugas, saben amargos pero no puedes parar de comerlos. Es mejor así, antes de que se enfríen. Pregunté antes de probar uno si picaban, a lo que me respondieron que no, pero cada tanto alguno podía picar. Pero esto no me sucedió ni en Madrid, ni en Gijón, ni en las veces que los comí en Barcelona. Ricardo, jocoso, me recitó: “los pimientos de Padrón / unos pican / otros no”. Después averiguaría que los plantan en Galicia y también en el sur de España, pero que los trajeron los franciscanos de América.





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La esposa de mi amigo llamó al mozo por su nombre y le pidió que trajera unos orujos. Me preguntaron cómo los quería, pero no supe responder. Entonces eligieron por mí y el mozo trajo tres vasitos. Uno con orujo transparente, otro amarillo y otro verde. A cuál más rico.
Se nos pusieron los cachetes colorados y se nos soltó la lengua, que en circunstancias como esas no es difícil que ocurra. Rosemary me contó que es profesora de inglés en Madrid, y que le encanta leer, pero que en los últimos años disfruta mucho más de oír podcasts, sobre todo cuando va al trabajo. Me dijo entusiasmada que había una gran variedad de programas grabados, sobre infinidad de contenidos, como historia, literatura o periodismo de actualidad, por ejemplo, programas de radio. La ventaja es que uno los puede descargar de Internet y escucharlos cuando quiera, explicó.
Le recordé que en Montevideo estuvimos hablando de ciencia ficción. Algo de eso se acordaba. Mencionó haber leído a autores como Kurt Vonnegut y Ray Bradbury. Hablamos sobre que el presente se parecía bastante a la sociedad de control descrita en Fahrenheit 451, como ser la gente embobada con los programas de televisión de entretenimiento o las calles vigiladas por innumerables cámaras. 
Ricardo, tal vez inquieto por el tema, llamó al mozo para que nos trajeran de postre torta de turrón de Jijona. ¿De Gijón?, pregunté, ¿del lugar donde iría al otro día?, pero no. Me explicaron que era originaria de una localidad de Alicante.
Hablar del sur del país me hizo preguntarle a Amils si seguía yendo a Huelva, a estudiar el río Tinto. Todos los años y varias veces, me contestó sonriendo. Me atreví a preguntarle si en el futuro podría ir con él. “Pues claro”, me dijo, “pero ahora no porque hace mucho calor”. Me aseguró que el río igual tenía agua en verano, aunque el caudal se veía muy reducido.




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Un poco por el efecto del vino sumado al del orujo, se me ocurrió contarles sobre una curiosa casualidad: sobre la unión que tenía con ese río, casi imaginario para mí. Cuando empecé a escribir poemas, en 1989, para inspirarme miraba las imágenes de unas enciclopedias que me había regalado de niño una amiga de mi madre. En una de esas veces escribí un poema observando una imagen a colores del río Tinto. La foto, bastante pequeña por cierto, estaba tomada desde un puente romano. En ella aparecía una porción de la construcción antigua y debajo el río de agua rojiza que transcurría calmo. Como se veía parte de la ribera y el terraplén que descendía a la orilla, imaginé que un mediodía, en pleno verano español, dejaba la bicicleta a un lado y bajaba hasta el río. En el poema, le conté a Ricardo Amils y a su esposa, había escrito que el agua era roja por el cobre, pero no, exclamé, ahora sabía que era por las bacterias que se comen el hierro bajo tierra.





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Rosemary no podía creer esa extraña coincidencia y miraba a su marido. Yo sonreí al revelar ese recuerdo de mis años de poeta naíf. De alguna manera todavía no había podido llegar a aquel río, pero las vueltas de la vida me habían hecho conocer al científico que lo estudiaba.
Ricardo se excusó diciendo que al otro día era viernes y que ambos tenían que trabajar “y tú tienes que tomar un tren”. Así que se levantó de su silla y se fue a al frente del mesón a pagar, ante mis protestas. Rosemary rió y me dijo que lo dejara pagar: “deja, que es catalán; le hace bien”.
Nos levantamos de nuestras sillas y fuimos a buscarlo. Saludamos a los mozos y al dueño del mesón, que por supuesto era gallego. En seguida me hizo acordar a los gallegos que tienen bares en Montevideo, con su cara redonda, su frente amplia y la cabeza calva encima y con pelo en los costados. Era como hablar con un familiar. El dueño del mesón me dijo muy amistosamente que uno de sus mejores amigos era uruguayo y que había ido varias veces de visita a Montevideo. Me hizo comentarios sobre que estaba al tanto de la costumbre de tomar mate o sobre la estrella del Fútbol Club Barcelona, Luis Suárez.
Me despedí del dueño del Rías Baixas y salimos a la calle, que estaba extrañamente oscura. Me recordó alguna calle de los barrios montevideanos de La Teja o Paso Molino, por sus veredas angostas, sin árboles, y sus casas bajas sin jardines.





Ricardo me dijo que me acompañaría hasta la calle San Bernardo para que no me perdiera. Dije que conocía bien el camino de vuelta, pero acepté con gusto que me acompañara. Saludé a Rosemary, mi compinche lectora de ciencia ficción y subimos hasta la calle de Aguilera.
El aire de la noche seguía húmedo y olía, imaginé, a las hojas verdes de los árboles de la vereda. Al pasar por las fuentes donde comenzaba la calle San Bernardo mi amigo me dijo, señalando la rotonda, que allí antes había una plaza donde la inquisición quemaba a los herejes. Fue como si me dijera que esa ciudad, Madrid, con sus autos nuevos y veloces, era sólo una foto, una instantánea de una larga historia de conflictos e injusticias. Así lo veía él, como buen geólogo: capa tras capa, eón tras eón, se acumulaba en estratos el paso del tiempo.
Caminamos un par de cuadras hasta que Ricardo se detuvo en una esquina donde había una iglesia muy vieja: “yo tomo esta calle que me lleva a mi casa”. Miré el empedrado que se perdía en el barrio Universidad. “Vivo cerca de aquí”, explicó sonriente.
Le deseé suerte en su trabajo con la NASA y que ojalá su trabajo ayudara a encontrar a esos escurridizos organismos marcianos bajo la superficie del planeta, refugiados de los rayos ultravioletas del sol. A su vez él me deseó suerte con el viaje en el Tren Negro que debería tomar en apenas unas horas, y luego en el resto de mi recorrido que me llevaría a Barcelona.
Fue rara la despedida, porque era como un hasta luego, pero en verdad era un hasta quién sabe, cuando lo decida, de nuevo, la fortuna. Me despedí y seguí calle abajo hasta donde me hospedaba. Subí por el ascensor descangallado y entré al hostal. Saludé al encargado de la noche y entré a mi habitación. Corrí las cortinas, abrí la ventana y salí al balcón. Madrid estaba tranquila, casi en silencio, aprontándose para dormir. El cielo, entre naranja y púrpura, que es el color de los cielos nocturnos de las grandes ciudades, estaba casi despejado. Alguna estrella se dejaba ver. Sabía que para ver estrellas tendría que esperar al regreso, pero como hacía sólo dos días que había llegado, el viaje de vuelta era algo lejano y aunque era casi una certeza, todavía era parte de un tiempo que aún no existía.


Escrito entre el 20 de octubre y el 2 de noviembre de 2017.





Para saber más sobre el trabajo de Ricardo Amils en el río Tinto ver la nota publicada en El País Cultural.











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Gracias. (02/11/2017)